15 de November de 2009 00:00

Concursos de belleza

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Óscar Collazos

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Detrás de los concursos de belleza hay algo más que la frivolidad de realizarlos y la astucia empresarial de mantenerlos.

Existe una industria que ganó el estatus de un gran negocio globalizado y está influyendo de manera peligrosa en el imaginario de millones de mujeres.

La imposición de un modelo único de belleza, sistemáticamente expuesto en las vitrinas de los medios, cobra a diario víctimas mortales y destrucción catastrófica de autoestimas.

Las industrias de la belleza tienen a su alrededor a las multinacionales de cosméticos, cirujanos estéticos, gimnasios y spas, fabricantes de alimentos diet,  industria farmacéutica, diseñadores de moda e industria del espectáculo y el entretenimiento.

Para fabricar "soluciones" que se vendan tiene que señalar "problemas" que se padezcan. Y los concursos son  parte esencial de esas industrias. Poco a poco, la idea de belleza fue comprimida dentro de un molde y de este molde salió la tiranía de las medidas "perfectas".

Por eso veo en el caso de Diana María Salgado, Señorita Valle gracias al fallo de un juez, el episodio singular de la lucha de una joven de 24 años por romper el molde que le impedía llegar con su corona regional a Cartagena.

¿En qué se basaban los "jurados" que le impedían concursar? En las medidas de su cuerpo, que se salen del patrón 90-60-90. En otras palabras, se dijo que a la Señorita Valle le sobraba lo que otras no tienen, masa muscular fundamental en la belleza femenina, centro de atención de las miradas masculinas, postrimerías que en algunas culturas van más allá del imaginario estético de hombres y mujeres. En el Caribe, el culo -casticismo al que le ponemos ridículos eufemismos- hace parte de la ontología.

"Las nalgas son importantísimas", escribió Vinicius de Moraes en su poema Receta de mujer. Esta parte importantísima y esencial, que en la vallecaucana alcanza el milagro de 102 centímetros, es lo que cabe en el estrecho manual de lo nalgonamente correcto. Para reducirlo hubiera tenido que romperse las costillas.

Los concursos son la cara bonita de un fastuoso mercado que reduce el cuerpo femenino a mercancía, que esta clase de competición es una servidumbre asumida por las jóvenes que encuentran la puerta del futuro profesional en la industria del espectáculo.

Yo diría que esa muchacha es bella porque no es perfecta ni ha aspirado a la "perfección" del quirófano. Hasta aquí llega mi percepción del cuerpo que el escándalo volvió público. Lo que la embellece es ese "defecto". Perdón, ese "exceso". La idea de belleza que tienen los concursos está hecha de defectos. Y defecto no es lo que se tiene sino lo que natura no dio pero se presta con la destreza del bisturí.

El Tiempo, Colombia, GDA

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