7 de febrero de 2015 21:39

En nombre de la salsa, un barrio se convierte en parqueadero

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Sara Ortiz

La Vicentina fue invadida por unos 10 000 amantes de la salsa. En el lugar se pudo observar comerciantes ambulantes, revendedores de entradas, policías, agentes de tránsito, uniformados a caballo, cientos de vehículos y hasta un hombre alcoholizado, que presa de un ‘mal de amor’, gritaba -¡Noemí sal, te amo!, desde la puerta de ingreso principal al Coliseo General Rumiñahui.

En nombre del amor y la salsa, la Vicentina dejó de ser, en la noche del viernes, 6 de febrero del 2015, y la la madrugada del 7 de febrero, un barrio tranquilo; sede de los deportistas de élite de Pichincha y estudiantes universitarios. Y se convirtió en un nudo, otro más, para la movilidad de Quito.

Xavier Arroyo y su novia Elizabeth Monga llegaron temprano: dos horas antes del concierto. Advirtieron que subir desde el Valle de Los Chillos hasta La Vicentina sería complicado, sobre todo con la lluvia. No se equivocaron. Pero, en realidad, el tráfico no fue una pesadilla. Ni siquiera después que terminó el contraflujo que los agentes Metropolitanos gestionan desde las 17:30 hasta las 19:00.

Según Arroyo, la congestión estuvo cerca de El Trébol, pero mencionó que el bus en el que que viajaba pasó tranquilamente en el sector de La Vicentina.

Siete agentes de Tránsito estuvieron a cargo de la movilidad. Durante el operativo, que inició tres horas antes del concierto y finalizó a las 02:00, sólo hubo dos momentos que parecían salirse de las manos. A las 19:00, cuando la gente se disputaba un lugar sobre la vereda para dejar su auto y a la 01:00, cuando un grupo de taxistas arribaron en busca de alguna carrera.

En esa lucha por un cliente a Franklin Rojas no le importó cruzar su vehículo amarillo y quedar estacionado en medio de dos carriles. A él le siguieron decenas de taxis que ocuparon dos de los tres carriles de la vía.

A la 01:30, ya no quedaban revendedores de entradas. Ellos habían llegado desde las 14:00 para ofertar boletos a puestos en el área general, preferencia y vip.

Marcelo, un comerciante, quien prefirió no dar a conocer su apellido, logró USD 100 de ganancia tras siete horas de trabajo.

Aunque le quedaron ocho entradas para las sillas detrás del escenario. “Estoy dando a lo mismo, USD 30, pero ni así vendo”, dijo. Trabaja desde hace siete años en la Asociación de Vendedores de Entradas y Anexos Pichincha, desde que volvió de España y su madre murió.

Él considera que vender entradas en la compañía de sus hijos es mejor que ganar dinero como migrante. “De qué me sirve tener dinero si no puedo sentarme a comer con mis hijos”.

A los que tampoco les fue bien fue a los vendedores ambulantes. “Por la lluvia ha estado bajo. Así la gente se mete las manos al bolsillos, pero ya no las saca”, dijo bromeando uno de ellos.
Por eso Nely Pilataxi, de 34 años, prefirió levantar su cajón de madera, tomar a su hija de 13 años que la acompañaba e ir a su vivienda mucho antes de que termine el concierto.

A medida que la noche avanzaba y una tenue neblina caía, los vendedores y policías de la unidad de remonta se iban retirando del lugar. Lo mismo hicieron las personas que cuidaban los autos. Sólo tres de ellos esperaron a la salida de sus clientes.

Algunos dormían sobre las veredas, apoyados en alguna llanta de un carro mientras abrazaban un palo que, de ser necesario, usarían como arma de defensa.

Mientras uno de ellos se protegía del frío entre los autos en una esquina de la Av. Queseras del Medio, detrás del retumbante coliseo, un grupo de hombres, en un carro plomo sin placas, esperaba sospechosamente.

La presencia de dos motos policiales que patrullaban la manzana aceleró e impidió lo que estuvieran haciendo. Dos hombres con capuchas subieron veloces al auto. Los que estaban dentro pidieron que arrancará. Como si huyeran de algo, se dirigieron hacia el sur, por la avenida Oriental.

El vigilante de autos, al que la gente había cancelado USD 3, con la promesa de que a la salida recibirían USD 2 más, siguió tranquilo, dormido junto a un auto.

Alter Trujillo y Patricio Llanos, que asistieron al concierto, el primero con su familia y el segundo con un grupo de amigas, confesaron que el hecho de dejar su carro parqueado en la calle les amargaba la noche. Fueron de los primeros en salir, justo cuando la última banda cerraba 'Una noche de amor e inolvidable', como se promocionaba el espectáculo.

El auto de Trujillo estaba sobre la Toledo, cerca a la Ladrón de Guevara. Luego de quejarse de la escases de parqueaderos públicos, se marcharon con el deseo de no encontrarse con ninguna sorpresa.

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