2 de octubre de 2016 00:00

El comercio le ganó a la vivienda en el Centro Histórico de Quito

Las plantas bajas de las viviendas funcionan como locales comerciales y los segundos pisos, como bodegas. Foto: Vicente Costales/ EL COMERCIO.

Las plantas bajas de las viviendas funcionan como locales comerciales y los segundos pisos, como bodegas. Foto: Vicente Costales/ EL COMERCIO.

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Evelyn Jácome
Evelyn Jácome.  Redactora (I)
njacome@elcomercio.com

No solo es el centro de Quito, del comercio y de la burocracia. Es el centro de la vecindad menguada, de la ausencia de dueños de casa, y de lo que los expertos en planificación llaman desertificación urbana.

Mientras la población de la capital crece al 2,2% cada año (las zonas en apogeo llegan a crecer hasta el 5,5%), el Centro Histórico decrece.

José Ordóñez, director del Instituto Metropolitano de Planificación, refiere con preocupación que hasta el 2010 el casco colonial tenía una tasa del –2,5% de crecimiento poblacional. Y se calcula que de mantener ese ritmo, para el 2030 será de –5,8% .

Esos números muestran lo que los ojos evidencian: el centro está siendo abandonado.

Parecería imposible hablar de desertificación en una zona por donde cada día cerca de 200 000 personas caminan por veredas angostas. Y por donde los buses y carros nunca dejan de pasar y en donde cada casa tiene un local comercial.

El ritmo del Centro cambia a partir de las 18:00, cuando las luces se encienden y las calles van quedando vacías.

La zona patrimonial -con calles empedradas y angostas, con casas de paredes anchas y de teja- reposa sobre 308 manzanas. Allí, entre San Blas y el Panecillo, se asentaron los primeros barrios: la aristocracia del Quito colonial.

El Centro nació como un sector exclusivo. Juan Paz y Miño, historiador, explica que hasta los años 60 solo la clase alta y media vivía allí. Las zonas aledañas como San Juan, San Roque, la Tola y Chillogallo acogían a la clase popular.

Cuando gente de otras provincias comenzó a migrar a la capital, el Centro inició una transformación. El migrante, lejos de su tierra, encontró consuelo en esta zona y pudo subsistir gracias a las ventas.

En los 70, la modernización hizo que las autoridades se concentraran en los pasos a desnivel y el Centro comenzó a ser descuidado. Cuando eso ocurrió, la clase alta se mudó al norte: a La Mariscal y al Batán. Los vecinos comenzaron a salir ante la vista impotente de las 35 iglesias y conventos de la zona. Esos mismos templos, gracias a los cuales Quito fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Patricio Espinoza, de 88 años, vivió en este sector cuando la gente se movilizaba en coches tirados por caballos, cuando los jóvenes se reunían en las plazas para mirar a las chicas pasear del brazo del padre. Para él, parte de la culpa de que el centro esté condenado a deshabitarse la tiene el auto.

Cuando el vehículo formó parte de la ciudad, la gente se mudó porque las casas del centro no tenían garajes.

Las casas donde alguna vez durmieron los adinerados de Quito empezaron a quedar vacías y al tener de vecinas a la terminal, y a la calle Ipiales, no tuvieron otra opción más que habilitarse como bodegas.

Esa fue la época en la que las trabajadoras sexuales escribieron parte importante de la historia del lugar. Llegaron a la 24 de Mayo y ante la vista pasmada de la élite, se apropiaron de las calles, hasta que en el 2006, en la alcaldía de Paco Moncayo, fueron reubicadas en San Roque. Pero los moradores que aún viven en el centro saben que aquellas mujeres nunca se fueron del todo, que son de las pocas personas que se niegan a abandonar el lugar.

Moncayo, además, consiguió reubicar a los vendedores informales de la Ipiales. Pero para ese momento, la inhabitabilidad había abrazado a las calles Mejía, Chile, Venezuela, Espejo y Sucre

En los 90, unas 58 300 personas hicieron de esta zona su hogar. 25 años después, más de 22 600 se habían marchado. Si el decrecimiento sigue a ese ritmo, para el 2040 solo permanecerían 12 200 moradores.

En dos décadas, el Centro se tugurizó. Según Paz y Miño, la Casa de los 7 patios, por ejemplo, se llenó de 300 familias. Los carameleros, las pequeñas tiendas y abarrotes se multiplicaron.

En algunas casas del Centro aún hay hacinamiento. Algunas reciben a más de 40 inquilinos con baño compartido. Las enormes casas servían para hogares numerosos: antes había un promedio de 6,5 miembros por familia, hoy tienen 3,8.

El exalcalde Augusto Barrera tuvo algunas iniciativas para recuperar el sector. Arrancó programas para repotencializar las casas antiguas y volverlas restaurantes o para proyectos habitacionales, sin efecto.

Hoy la gente no quiere regresar pese a que cuenta con todos los servicios. Jacobo Herdoíza, secretario de Territorio, asegura que el Municipio lleva a cabo varios proyectos como el incentivo a la conservación de la fachada en el que subvenciona hasta el 50%del costo. Además, se quiere lanzar alianzas público-privadas en casonas, para que se las rehabilite. Ya hay un portafolio, dice, pero admite que aún no se ha concretado ningún proyecto.

Lo que ocurre en el Centro de Quito no es ajeno a la región. En Asunción, Paraguay, por ejemplo, solo el 8% de la población sigue viviendo en el núcleo de la ciudad. Así lo asegura Hernán Orbea, urbanista, quien explica que hay la percepción de que vivir en un lugar donde hay uso comercial y administrativo es incómodo. Y de que al ser un nexo entre norte y sur es un lugar de tráfico y de contaminación.

En el Centro no se puede reedificar sino con restricciones propias del Patrimonio, lo que hace más costosa la intervención. Para Orbea, una salida es armar grupos de propietarios y dar regímenes espaciales de intervención por manzanas, para que sea más atractivo para el constructor. Caso contrario, al Centro no le quedará más opción que seguir quedándose vacío.

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