11 de julio de 2016 09:30

El proceso de paz con las FARC redujo las solicitudes de refugio

Dos personas que llegaron desde Colombia decidieron radicarse en Ibarra. Foto: Francisco Espinoza / EL COMERCIO

Dos personas que llegaron desde Colombia decidieron radicarse en Ibarra. Foto: Francisco Espinoza / EL COMERCIO

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Reds. Seguridad e Ibarra (I)

A 300 kilómetros de Quito está La Hormiga, un pequeño municipio colombiano situado en el departamento de Putumayo, en la frontera con Ecuador. Desde ese lugar huyó Adriana, junto con su esposo y dos hijos. Llegaron con lo que tenían puesto ese momento: un par de zapatos y ropa ligera.

No hubo tiempo para cargar más. La amenaza de muerte de las FARC los obligó a escapar. Los guerrilleros los acusaban de ser informantes del Ejército. De eso han pasado ya 12 años. Ahora viven en Ibarra.

Su primer refugio fue Tulcán. Ahí Adriana y su esposo cambiaron la agricultura por el comercio de plásticos, pero el temor a los subversivos los desplazó hasta Ibarra. Les gustó el clima y la zona, alejada de la frontera y de las FARC.

Francisco también huyó de Putumayo hace tres lustros. En su pueblo, Puerto Asís, labraba la tierra, pero los guerrilleros le exigieron que cultivara coca. Prefirió dejar su casa antes de que lo acribillaran. Vivió casi dos años en Lago Agrio, pero ahora reside en Quito.

El éxodo masivo de colombianos ocurrió en la década pasada, cuando el Gobierno de ese país y Estados Unidos firmaron el denominado Plan Colombia. El combate a la guerrilla se recrudeció y miles de familias huyeron del conflicto.

En el 2009, por ejemplo, 22 881 ciudadanos de esa nacionalidad consiguieron el estatus de refugiados en Ecuador, la cifra más alta en la historia.

Hasta abril pasado, la Cancillería reconocía oficialmente a 60 253 extranjeros con ese beneficio. El 95% era de Colombia.

Para atender a esa población el Estado destina fuertes sumas de dinero: USD 60 millones anuales, según un estudio del Banco Mundial. De los USD 600 que se invierten en cada foráneo, unos 300 van para pagos en salud. El resto se utiliza en educación, energía o programas para insertarlos.

Esta situación llevó al Ecuador a clamar por ayuda. Fue en junio de 2009, en el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los DD.HH., en Suiza.

Allí, el Gobierno solicitó a los países, cooperación “para atender el drama de quienes arribaban desde Colombia”.

¿Qué sucede ahora? Las negociaciones de paz entre el Gobierno y las FARC han provocado un ligero descenso de solicitudes de refugio en Ecuador, según Naciones Unidas.

En el 2015 se recibía, en promedio, 500 pedidos cada mes. Pero en el primer semestre del 2016, la cifra se redujo a 400.

Las aprobaciones de esas peticiones también bajaron. En seis meses de este año solo 76 extranjeros recibieron su carné de refugio. En el 2015 fueron 180 y en el 2014 sumaban 339.

Para Adriana y su familia lo más duro fue hallar empleo y una casa de alquiler. Las puertas se cerraban cuando escuchaban su acento, relata la extranjera a este Diario. La única opción fue el trabajo informal.

Precisamente, la proliferación de vendedores ambulantes ha sido un impacto para el país, sobre todo en las provincias de mayor asentamiento de colombianos, como Pichincha, Sucumbíos, Esmeraldas, Carchi, Guayas o Imbabura.

Eso lo admite Pablo Jurado, exalcalde de Ibarra y actual prefecto de Imbabura. “Para muchos fue la única opción. Otro porcentaje, que provenía de las áreas rurales, se empleó en tareas agrícolas”, apunta.

Un estudio levantado por la Universidad Católica-Ibarra asegura que la mayoría de refugiados accede a actividades económicas por cuenta propia: locales de servicios, comercio o expendio de alimentos, salones de belleza, etc.

Infografía Refugiados

Francisco está en esa lista. Dice que le va bien con su local de comida en Quito. Sus clientes no solo son compatriotas, también acuden ecuatorianos.

Aunque el flujo ahora ha bajado, Jurado recuerda que en su época de alcalde -de 2004 a 2009- hubo temor entre las autoridades de las provincias fronterizas (Sucumbíos, Carchi y Esmeraldas) por la llegada masiva de los extranjeros.

Una de las mayores dificultades fue la atención a los inesperados residentes. Requerían agua potable, alcantarillado, recolección de basura...

La llegada de estos grupos también generó efectos culturales. En el país hay cafeterías, restaurantes, panaderías con el sello colombiano. Margarita Vaca, presidenta del Grupo de Mujeres Dejando Huella, señala que aprendieron a elaborar comida ecuatoriana. “Ahora ofrecemos refrigerios, almuerzos y platos fuertes”.

Datos oficiales refieren que la mayoría de refugiados proviene del área rural de los departamentos de Nariño, Putumayo y el Valle del Cauca.

Adriana es del Putumayo colombiano. Ahora, ella y su familia se alegran por el cese al fuego bilateral y definitivo acordado hace dos semanas en su país. Sin embargo, dicen que no piensan volver a Colombia. Igual piensan otros extranjeros.

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