26 de January de 2010 00:00

La ciudad imposible

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Carlos Alberto Montaner

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Cuando se entierre el último cadáver comenzará la reconstrucción de Port-au-Prince.

No es la primera vez que una población tiene que rehacer una parte sustancial de la ciudad en la que vive,  tras la devastación producida por terremotos, incendios, huracanes o por bombardeos.

En el caso haitiano, no obstante, hay algo peculiar: antes del seísmo, su capital era un total desastre urbano. El suministro de agua potable y alcantarillado  llegaba a la tercera parte. Las calles eran   caminos de polvo que se volvían  lodazales con las lluvias tropicales.

Más que  ciudad, Port-au-Prince era un amasijo habitacional en  creciente proceso de “tugurización”. ¿Cómo llegó a ese extremo? Miles de campesinos sin oficio ni beneficio,  a lo largo del tiempo,  se habían ido incorporando a la desvencijada urbe porque en las zonas rurales las posibilidades de supervivencia eran aún peores. Mientras en el resto de América Latina las capitales suelen ser sitios notables, moteados con barrios miserables, Port-au-Prince era una ciudad absolutamente miserable salpicada con algunas zonas aceptables . 

El terremoto podría aparecer como una oportunidad para construir una capital mejor, pero las ciudades son siempre una expresión de su realidad económica y social, de la cosmovisión, de sus inclinaciones estéticas, de las riquezas que son capaces de generar, del orgullo histórico.

Pero ¿qué van a recrear los haitianos? ¿Cuál es la referencia histórica que guardan en la memoria y quieren reproducir? Cuando los polacos reconstruyeron el casco histórico de Cracovia apelaron a las fotos anteriores a la guerra. Amaban la ciudad destruida y querían recuperarla. Los haitianos, comprensiblemente más interesados en sobrevivir que en cualquier otra cosa, no tenían (o no podían tener) amor por una ciudad de la que era imposible sentirse orgullosos.

Hace  décadas escuché “Haití no es viable”. Entonces, alguna publicación internacional proponía que una parte de sus habitantes se trasladara a la Guyana francesa, en la frontera de Brasil, territorio tres veces mayor que Haití, pero con una densidad de población 100 veces menor. 

 Israel es más pequeño que Haití, su territorio es infinitamente menos fértil, la densidad de población es considerablemente más alta, pero Israel es un país tan rico que hoy tiene a cientos de médicos, socorristas y personal sanitario ayudando a los haitianos dentro del mayor hospital de campaña de cuantos ayudan en Port-au-Prince. ¿Cómo ha logrado ese milagro? Fomentando un enorme capital humano. Junto a la reconstrucción de la ciudad hay que pensar en la reconstrucción de la sociedad.    

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