8 de May de 2015 21:17

Circo de transformistas Timoteo, una carpa de libertad y tolerancia en Chile

Arturo Peña Solis, conocido por su nombre artístico "la loca de la cartera" (i); Enrique Serrano, de nombre artístico Kathy Larson, y a Yessenia Ite, conocida como la "Barbie Princesa" (d), mientras se presenta en una función del circo de transformistas T

Arturo Peña Solis, conocido por su nombre artístico "la loca de la cartera" (i); Enrique Serrano, de nombre artístico Kathy Larson, y a Yessenia Ite, conocida como la "Barbie Princesa" (d), mientras se presenta en una función del circo de transformistas Timoteo, en Chile. Foto: EFE

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 3
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 1
Agencia EFE
Julia Talarn Rabascall

"Damas y caballeros, con ustedes: ¡Vanesa Star, la Negra Lay, Yessenia Duval, Yajaira Martíney y... Kathy Larson!", anuncia desde hace 40 años en Chile el apuesto Juvenal Rubio para presentar el circo de transformistas Timoteo, uno de los espectáculos más peculiares de América Latina.

Un bosque de largas piernas masculinas enfundadas en finas medias y cortas minifaldas se despliega ante doscientos espectadores que, carcajada tras carcajada, asisten a un burlesco espectáculos repleto de dobles sentidos, alusiones sexuales y pícaro lenguaje.

"Somos como un pequeño pueblo nómada, un oasis dentro de la sociedad", explica a Efe Enrique Serrano, uno de los artistas transformistas, mientras retoca el maquillaje de set televisivo y se pone los zapatos de cenicienta que lo convertirán en Kathy Larson, el personaje femenino que lleva representando desde hace 26 años.

Serrano forma parte de un elenco de ocho artistas que, todas la noches, desde hace más de cuatro décadas, se sube al escenario del Timoteo, un popular bastión de libertad y tolerancia en el que el humor y la parodia le han ganado el pulso a la estigmatización que impera en la tradicional sociedad chilena.

Dentro de su diminuta caravana, plantada en el pueblo costero de San Antonio a 128 kilómetros de Santiago, se condensa todo un universo circense escrupulosamente estructurado: pelucas brillantes de distintos colores y boas de plumas exóticas cuelgan de la pared, repleta de retratos de Rocío Durcal, estampillas de la virgen y una fotografía antigua de cuando era joven y sirvió en la armada.

"Solo fue una etapa, después quise marcharme a Estados Unidos pero no me resultó. Conocí a René Valdés y me propuso que me quedara en el circo. De eso ya hace 26 años. Ahora tengo 70 y de aquí ya no me muevo. Soy feliz así".

Más que un circo, el Timoteo es una gran familia encabezada por René Valdés, un genio del humor y la parodia que a sus más de setenta años sigue dando cobijo a un gran número de transformistas, cuyos espectáculos han sembrado el país de tolerancia y complicidad hacia las minorías sexuales.
Algunas de las actuales estrellas del espectáculo acudieron a René con sólo trece o catorce años sin más equipaje que una bolsa de mano con la que huyeron de la pobreza, la violencia o la discriminación.

"Nosotros fuimos los primeros en abrir las puertas de la homosexualidad y el transformismo en Chile", explica a Efe Luis Tomás Martínez.

El Circo Timoteo fue, y todavía sigue siendo, un refugio de formas de vida diversas en un país que no aprobó el divorcio hasta el año 2004 y que hasta ahora no contaba con ningún tipo de reconocimiento para las parejas del mismo sexo.

Durante las cuatro horas de espectáculo, la carpa se convierte en una íntima guarida en la que todo puede ser posible y el mundo en el que quisieran vivir sin tabúes ni prejuicios se convierte en una ilusoria realidad.

"Al principio nos llamaban degenerados", relata Arturo Solís, otro de los veteranos artistas recordando los arduos días de la dictadura militar de Augusto Pinochet, cuando cada cierto tiempo caían presos y les daban "hierro".

De pie, los dos centenares de heterogéneas almas exultantes aplauden y ovacionan el baile final de estas divas nocturnas de espectaculares espalderos con plumajes de ensueño y vertiginosos tacones deslumbrantes.

"Ahora la gente nos busca, nos sigue, nos quiere", manifiesta Martínez con una chispa de orgullo al recordar cómo, función tras función, con mucho orgullo y más esfuerzo, consiguieron transformar el prejuicio en admiración.

Poco a poco, todo fue cambiando y el Timoteo se hizo un lugar en el patrimonio circense chileno. Ahora es toda una leyenda viviente cuyos números han sido copiados por algunos espectáculos de transformistas y diversos programas de televisión.

Uno a uno los espectadores van enfilando la salida y la calma vuelve a posarse sobre la carpa en la que la vida y el bullicio del espectáculo dan paso a la nostalgia del silencio.

A Timoteo y a su compañía les tocará desmontar el campamento. Se van para otro pueblo donde levantarán con esfuerzo su monumental carpa color carmín e izarán de nuevo en Chile su invisible bandera de libertad con plumas y fantasías de leopardo.

Descrición
¿Te sirvió esta noticia?:
Si (0)
No (0)