10 de April de 2011 00:00

Contra la censura

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icarvajal

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En “Contra la censura. Ensayos sobre la pasión por silenciar”, el gran novelista J. M. Coetzee, premio Nobel 2003, analiza las consecuencias de los procesos de censura política (en la URSS y Sudáfrica durante el apartheid), moral o estética (contra la pornografía). “Contra la censura” no es un alegato apasionado por la libertad de expresión que se enfrentaría a la pasión por silenciar, sino un escrutinio crítico, un examen de las condiciones en las que surge y opera la censura. Esta aparece como respuesta a la ofensa irrogada contra el Estado, la dignidad o la moral.

Todos nos hemos sentido alguna vez ofendidos. Pero desde una posición “racional y laica” se está llamado a anteponer los procedimientos del pensamiento a la indignación moral o la indignación frente a la dignidad ofendida.

¿Acaso la ofensa no surge de la debilidad? ¿Quién se siente ofendido? “La experiencia o la premonición de ser privado de poder me parece intrínseca a todos los casos en que alguien se ofende”, dice Coetzee. Y añade: “la impotencia no es necesariamente una impotencia objetiva: los temores de los poderosos no se atreven a pronunciar su propio nombre precisamente porque, como miedos de los poderosos que son, parecerían infundados”.

La censura política evidencia que quien detenta el poder del Estado tiene miedo de las ideas subversivas, y también de la burla, la sátira. En el caso de la censura moral encubierta de censura estética, quizá sea miedo al ridículo. ¿En realidad protegemos la inocencia de niños cuando se establece la censura para impedir que lleguen escenas explícitamente sexuales? ¿O es que el adulto teme verse expuesto al ridículo, a la risa del “inocente” (hijo o hija) que puede suponer que sus padres hacen lo mismo que ven hacer a en la pantalla? “Un censor que dicta una prohibición, sea contra un espectáculo obsceno o contra una imitación burlona, es como un hombre que trata de impedir que el pene se le ponga erecto. El espectáculo es ridículo”, apunta Coetzee, tardará en ser víctima de burla.

Se dirá que de todas maneras hay una afrenta a la dignidad. ¿Pero esta no es acaso una construcción ideal, aunque necesaria? Es una “ficción”, que contribuye a definir los derechos humanos. “Hay un sentido real en el cual una afrenta a nuestra dignidad ataca nuestros derechos. Con todo, cuando, indignados por dicha afrenta, apelamos a nuestros derechos y exigimos reparación, haríamos bien en recordar lo insustancial que es la dignidad en que se basan esos derechos. Si olvidamos de dónde procede nuestra dignidad, podemos caer en una postura tan cómica como la del censor enfurecido”. “En la práctica ¿concluirá el autor de “Desgracia”? Los censores que controlan los límites de la política y de la estética son los mismos”.

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