22 de agosto de 2014 11:15

La calma vuelve a las calles en Ferguson tras la furia racial

Las protestas en Ferguson Estados Unidos comenzaron el 10 de agosto tras el asesinato de un joven negro por parte de un policía.

Las protestas en Ferguson Estados Unidos comenzaron el 10 de agosto tras el asesinato de un joven negro por parte de un policía. Foto: AFP

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La Nación de Argentina/GDA
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Repetido como un mantra, un consejo del máximo referente en la lucha por la igualdad racial, Martin Luther King, ayudó a serenar, por lo menos por ahora, las dos semanas de choques entre la policía y la población mayoritariamente negra de la ciudad de Ferguson, Estados Unidos.

"No dejes que los matones te coman una protesta legítima", machacaron pastores religiosos y líderes afroamericanos, convencidos de que había que poner fin a la ola de indignación racial por la muerte de un joven negro, Michael Brown, a manos de un policía blanco que lo acribilló a balazos en circunstancias más que dudosas y que ahora deberá aclarar la justicia.

"Eso fue lo que expliqué a los chicos. Que teníamos que parar con el enojo. Que ya dijimos lo que teníamos que decir y que ahora hay que abrir paso a la escucha", relató a LA NACION el sacerdote Dexter Rustin.

Con el traje negro y el cuello blanco distintivo, soportaba el calor en uno de los puestos de "misión pacificadora" que ayer, con aire de kermés de pocos recursos, emergieron frente al memorial que recuerda la muerte, el 9 de este mes, del joven Brown.

"Venga, tome un vaso de agua", convida una de las voluntarias que lo ayudan. Al igual que sus compañeras, lleva una camiseta con las palabras "amor y paz" estampadas en el pecho. "Estamos trabajando por el reencuentro de nuestra comunidad", dice, mientras reparte tarjetas con llamados a "hacer lugar para la paz en el corazón".

Los puestos son uno de los resultados de la intensa prédica que los líderes negros, con el jefe policial Ron Johnson a la cabeza, llevan haciendo para terminar con los estallidos. Parecen inofensivas carpas blancas, pero son también advertencia de que ya no hay lugar para la violencia y los saqueos.

Ayer fue una buena noche. Las protestas no terminaron en desbordes. "Sólo tuvimos seis detenidos", dijo Johnson, en una conferencia de prensa. No sólo es una caída abrupta, sino que, además, lo es de signo: esta vez los arrestados manifestaban a favor de Darrel Wilson, el policía que hizo los disparos y que permanece escondido desde entonces.

"Vinieron a provocar. Pero no caímos en la trampa" dijo a LA NACION uno de los jóvenes que llegaron con Rustin. Alentado, el gobernador demócrata Jay Nixon dio orden para que se retirara la Guardia Nacional, la fuerza estatal que suele actuar en casos de emergencia.

La presencia de referentes afroamericanos fue crucial para serenar los ánimos. Entre ellos, el fiscal y secretario de Justicia, Eric Holder, y su promesa de una "investigación clara" sobre lo ocurrido.

"Los fiscales federales conducirán una investigación imparcial e independiente" para determinar si el policía que disparó contra el joven desarmado actuó por motivación racista y si su comportamiento respetó los protocolos establecidos.

Más aún, su mensaje de identificación con una comunidad negra que siente que la policía no los protege, sino que los persigue. "Estoy con la gente de Ferguson", dijo Holder, el primer afroamericano en ocupar el cargo de fiscal general en Estados Unidos. "Su visita ha sido importante para nosotros", dijo la madre de Brown, Lesley McSpadden.

También trajo calma a Ferguson el cansancio: hay quienes llevan dos semanas caminando por el epicentro de la protesta, en la avenida West Florissant. Y, también, la lluvia, que disuadió o envió a sus casas a muchos, que volvieron al televisor tras noches de ausencia y convulsión.

Lo que no está claro es cuánto de todo lo prometido podrá cumplirse. "Ahora, hay que esperar. Mantener la presión y esperar", decía el padre Rustin. Habrá que tener mucha paciencia: “sólo dentro de dos meses -y con suerte- se sabrá si se abre o no juicio contra el policía. Comienza ahora la etapa de construcción del caso y de recolección de pruebas”.

La historia de Ferguson es más que la de un suburbio de 21.000 habitantes, cansado de brutalidad policial. Al igual que en otros puntos del país, se nutre en la trama racial aún no superada y, en buena dosis, en la desesperanza que marca el declive de la economía de la zona central del país.

En la periferia de Saint Louis, orgullosa tierra de béisbol y de glorioso pasado ferroviario, el caldo de cultivo estaba servido. Bañada por el Mississippi, el río que sirvió de escenario a la denuncia racial de la peripecia de Huckleberry Finn, la historia de esta geografía está signada por las fronteras y las divisiones.

Lo que muestra Ferguson es que el eco de esa historia todavía suena fuerte. Igual que la advertencia del reverendo King.

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