4 de December de 2009 00:00

En el callejón no hay lugar para distracciones ni trivialidades

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Ana María Carvajal.

Mientras en los graderíos la gente no se cansa de gritar ‘Que viva Quito’ y  se divierte, la tensión en el callejón es inevitable. El aficionado calma  la sed y entra en ambiente. Los toreros se concentran.

Solo hay que poner atención en la expresión de cada matador, novillero, banderillero o  picador  para darse cuenta de que a veces el silencio es el mejor aliado para ellos; son  momentos en donde la concentración es vital.

Otras veces, la música, las palmas, los cantos y gritos como “Fandi dame un hijo”  o “Castella eres divino... estás buenote” son los que motivan a que el torero se luzca y haga de todo para mantener la algarabía en la plaza.

Durante la faena de un torero, sus colegas mantienen la vista fija en lo que está ocurriendo en el ruedo. Pero no solo sus compañeros de cartel sino también quienes se unen al público para ver las corridas de feria.

Cuando hay alguna voltereta las reacciones son diversas. Como profesionales,  todos mantienen el control, pero algunos como El Fandi enfrentan al animal para ayudar. Como sucedió con la voltereta que sufrió Álvaro Samper. 

Observan desde sus sitios en el callejón   Carlos Yánez (quien no toreó en la presente feria), Guillermo Albán, Juan Francisco Almeida, El Tortuga... Saben lo que es poner la vida en el ruedo. Por eso ellos prefieren no hablar mucho sino  mirar lo que sucede. El arte taurino es un constante aprendizaje, explica Almeida.

Muchos como El Hacha eligen motivar al matador cuando va a empezar. Con palabras cariñosas se acerca a Martín Campuzano y le dice: “Vamos torerazo, háblele por abajo, tóquele por abajo. Usted háblele... vamos”.

El torero asiente y llama al toro. Su mozo de espadas y su apoderado le miran y acompañan por todo el callejón. Le hablan de cerca, le piden calma cuando el toro amenaza.
 Él entrega todo en el ruedo. Rompe el ayudado y lo arroja al callejón. Sin querer golpea a alguien y se apena. Está contrariado. El animal  espera y en el momento menos pensado lo  golpea. Los gritos son generalizados. Su primo Álvaro Samper mira la corrida junto a Uceda Leal y Antonio Barrera y todos se alteran.

Pero quienes se acercan a decirle cuál fue el error son el banderillero colocado y su apoderado. Le recomiendan por qué pitón debe trabajar.

Arriba, en la barrera y los tendidos,  lo aplauden y estimulan : “Torero, torero, torero... Martín... Buena Martín”, le dicen y la afición abandona la plaza.
Pero para los matadores y subalternos no ha terminando la jornada. La reflexión sobre lo que ha ocurrido en la tarde es necesaria. Es su vida la que se juegan cada vez que están en el ruedo... el aprendizaje continúa.

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