30 de March de 2010 00:00

Cacique Tumbalá acoge a 900 niños

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Redacción Sierra Centro.
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Maribel Galora dibuja en la pizarra blanca la letra ‘a’. Utiliza marcadores de tiza líquida de color rojo, azul y verde.

‘Aaa mi papá enfermo está, aaa y no sé cuándo sanará’, canta la maestra a sus 30 alumnos de primero de básica de la Unidad Educativa del Milenio Cacique Tumbalá. Esta se ubica en la parroquia Zumbahua, del cantón Pujilí, en  Cotopaxi. En septiembre del 2008, el centro  fue el primero que inauguró el Gobierno en el país,    en el marco del programa  Escuelas del Milenio.



Asignación mensual
El Gobierno asigna  a la Unidad Educativa del Milenio de Zumbahua  USD 3  000 mensuales para pagar los servicios básicos. Según la subdirectora, Rosario Osorio, este presupuesto no alcanza para comprar los focos.
210 trabajadores  reemplazaron    las  bancas de madera por unas con  soportes metálicos.


El aula está equipada con una pizarra digital, una computadora y  un proyector. Pero  hace cinco meses estos equipos no se usan.  ¿La causa? El pequeño foco del proyector se  quemó y   no se ha comprado otro.  Esto impide que Galora  muestre  en la pantalla los coloridos dibujos de las letras y números que están guardados en la computadora. 

“La pizarra funcionó durante más de un año. A  los niños les encantaba escuchar la canción Pin pon es un muñeco, mirar y hacer los dibujos en la pantalla”, recuerda la maestra. Galora de nuevo utiliza la pizarra de tiza líquida hasta que el equipo sea reparado. “Tengo que hacer dibujos que llamen la atención. Hay niños que me reclaman que así no se dibuja un gato”.

En la Unidad Educativa hay  grandes áreas verdes y las aulas fueron fabricadas con  ladrillo, madera y  techo de teja. Estudian 900 alumnos, de primero de básica a tercero de bachillerato. Trabajan 58 maestros. También los niños reciben inglés, kichwa, educación para la sexualidad, computación y dibujo artístico.

En Zumbahua, situada en la orilla de  la vía Latacunga-La Maná,  el frío es intenso. Los indígenas usan ropa de lana de borrego, sombreros y cubren su cuello con bufandas. En el aula de Galora, John Pilataxi, de 5  años, se distrae armando un rompecabezas. Ella le llama la atención. “Gracias John por atender mi clase, por favor siéntese”. Enseguida el niño le pide que prenda la pizarra. “Quiero dibujar”. La maestra explica que no puede porque está dañada.   Pilataxi agacha la cabeza y se sienta.

En el plantel  hay  11 pizarras electrónicas. Tres funcionan.  En tres pizarras,  los focos están quemados y en cinco las imágenes no son nítidas.  Esto preocupa a la subdirectora  Rosario Osorio.

La Subdirectora cuenta que en junio del año pasado, los  proyectores fueron trasladados a Quito para el mantenimiento.  “En el informe enviado por los técnicos explican que los bombillos de los proyectores están quemados y deben cambiarse. Pero el Ministerio de Educación no entrega la partida presupuestaria”.
 
No obstante, el director de Educación de Cotopaxi, Luis Andino, afirma  que el  pasado miércoles, visitó la Unidad Educativa, pero las autoridades no le presentaron ningún informe sobre los daños en los proyectores.

Se requieren  USD 1 600 para reparar los equipos. Son necesarios en el aprendizaje de los niños – dice Osorio- porque es una motivación para el alumno.   “Los nuevos equipos y las instalaciones motivaron a que los chicos  vengan al plantel y no falten”.

En el aula del tercer año de básica está la maestra Fanny Valverde.  La profesora también dejó de utilizar desde octubre del año pasado  el proyector porque el foco está quemado. Sostiene que no hay dinero para comprar el repuesto que cuesta USD 200. 

Anita Pastuña, una alumna, recuerda que antes las clases eran divertidas. Ella tiene 8 años, es menuda y sus mejillas están  enrojecidas por el frío. “Cuando vi por primera vez la pantalla me sorprendí. Aparecían dibujos, escuchaba música. Estaba  contenta. Ahora otra vez hay que mirar la pizarra. No me gusta”.

A las 10:00 los estudiantes salen al recreo. En el patio central pasea  Olga Unaucho. Quiere saber las calificaciones de su hija Viviana. “Está  aprendiendo, no se preocupe”, responde  Galora.

Unaucho agradece y se retira. La mujer, que viste un anaco negro, una bayeta y sombrero negro, dice  que ella y otros padres de familia ayudan a limpiar las aulas. “Cuidamos la escuela para que esté bonita. No pagamos por los libros y uniformes. No se cobra pensión”.

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