23 de julio de 2016 00:00

38 días de búsqueda y no hay rastro de ocho niños

Mayra Chasipanta, tía de Carlos Daniel, de 4 años, junto con su padre Federico (der.), y su esposo, Fausto Millingalli. Foto: Alfredo Lagla / EL COMERCIO

Mayra Chasipanta, tía de Carlos Daniel, de 4 años, junto con su padre Federico (der.), y su esposo, Fausto Millingalli. Foto: Alfredo Lagla / EL COMERCIO

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Sara Ortiz
ortizs@elcomercio.com

Ir al río Oyacachi se volvió parte de la rutina cruel de siete familias que viven en El Chaco, en Napo. Todos los días se calzan sus botas de látex, toman sus machetes y recorren los bordes del afluente.

Las miradas y pensamientos están fijos en esas aguas caudalosas, pero la esperanza de localizar allí a sus hijos se diluye con el paso del tiempo.

Hoy se cumplen 38 días desde que 9 niños, de entre 4 y 13 años, cayeran al río Oyacachi.

El 15 de junio, los pequeños viajaban en una camioneta doble cabina hacia la Escuela del Milenio, en Santa Rosa. El vehículo se precipitó desde un puente, un kilómetro antes de llegar al colegio.

Ese mismo día, los rescatistas hallaron los cuerpos de Giomara Guapi, de 5 años; y de Andrés Chango, el conductor de la camioneta, de 22 años.

Ahora, junto al puente, en el lugar donde se presume que la camioneta cayó, se levantaron dos cruces de madera sin nombre. “Deben ser de los dos cuerpos que hallaron”, comenta Susana Díaz, madre de Aarón

Castro, de 4 años. Su único hijo es parte del grupo de niños que sigue desaparecido.

Para ellos no hay ninguna cruz. El sitio tampoco ha sido declarado camposanto, porque eso sería “asumir que están
muertos y yo solo lo voy a creer cuando vea el cuerpo de mi hijo”, relata la joven a este Diario.

Durante los primeros días, el trabajo de búsqueda se coordinó desde el Comité de Operaciones de Emergencia (COE) de El Chaco. Más de 100 policías, militares, bomberos y funcionarios participaron en los rastreos; se usaron perros adiestrados, drones, kayaks, botes..., pero sin resultado.

“No vamos a descansar hasta encontrarlos y entregarlos a sus familias”, prometió Campo Elías Rosales, gobernador de Napo, un día después del accidente. Incluso el funcionario recorrió los ríos Oyacachi, Quijos, Santa Rosa y el Salado, afluentes hacia donde pudieron haber sido arrastrados.

El 2 de julio pasado, la búsqueda se extendió hacia Sucumbíos. Ese día tampoco hubo resultados positivos.

Ahora, el COE ya está desactivado, pero el rastreo continúa con menos personal especializado. La exploración está liderada por los familiares de los menores, que se niegan a pensar que el río se los llevó.

“Es que no hay lógica. Hemos encontrado pájaros, roedores y hasta perros muertos que se quedan estancados en las empalizadas o en las orillas. Pero de nuestros niños no hay nada. Nada”, dice Díaz.
Santiago Chiquimba, padre de Neymar, de 4 años, y de Diana, de 7, tampoco entiende por qué no han aparecido sus dos únicos hijos.

Los ha buscado por debajo de las piedras, literalmente; ha removido el barro de las orillas con sus manos y se ha internado en la selva.

“Cómo voy a dejarlos allá afuera, como si no fueran importantes”, dice el padre. Sobre la puerta de su casa de madera colocó un listón blanco, no es negro porque él tampoco cree que sus hijos estén muertos.

Chiquimba no es el único que piensa eso. Los padres, abuelos, tíos y otros familiares de los menores están convencidos que no cayeron en el río.

La desesperación los lleva a creer que fueron secuestrados. Su hipótesis es que a los niños se los llevaron en otro vehículo y que al conductor y a una niña los arrojaron al agua, “para entretenernos buscándolos en el río”, dice Mayra Chasipanta, tía de Carlos Daniel, de 4 años, quien lo crió desde bebé, como si fuera su hijo.

“¿Por qué no aparecen? Bueno, los cuerpitos más pequeños pudieron perderse, pero tampoco asoma el de la niña de 13 años”, señala la joven, quien conserva todos los juguetes y ropa de Carlitos Daniel.

Las ideas sobre el secuestro de los niños se alimentan de los pocos datos que los padres tienen, sobre cómo ocurrió el accidente. La investigación la maneja la fiscal Judith Torres.

Ayer, EL COMERCIO habló vía telefónica con la investigadora, pero se limitó a decir que el caso por ahora es reservado.

Los tres padres entrevistados aseguran que el martes 19 tuvieron una reunión con los agentes del Servicio de Investigación de Accidentes de Tránsito. En esa cita -dicen- les aseguraron que el conductor habría tenido una alta concentración de alcohol en la sangre y que simplemente perdió el control del vehículo.

Pero sus interrogantes son mayores que las explicaciones.
¿Por qué la camioneta no dejó huellas de frenado sobre la vía? ¿Cómo pudo subir un tope de concreto sin que se rompieran las llantas? ¿Cómo el auto cayó al río por un espacio tan angosto, sin chocarse con las columnas que anclan el puente...?, se cuestionan a diario.

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