21 de July de 2009 00:00

Betancourt trae 20 años de color

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 0
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 0

Redacción Cultura
cultura@elcomercio.com

Una imagen salta a cada momento en la conversación del pintor Miguel Betancourt. Es la imagen –casi sonora- que crea la palabra traslapar. Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, ese verbo alude a la idea de “cubrir total o parcialmente algo con otra cosa”.

Las claves biográficas
El pintor nació    en  1958 en  Cumbayá.  En ese entonces, dice,  “había cinco casas contadas en  el pueblo. De noche los árboles  eran como fantasmas  gigantescos que se extendían sobre la inmensidad de la oscuridad”.
En 1993,  luego de varias exposiciones  individuales,  expone  su obra en la   XLV Exposición Internacional de Arte de la prestigiosa   Bienal de Venecia.
 Su más reciente  exposición  fue en el Centro Cultural Metropolitano de Quito, en 2004.

Para el artista, ese verbo es una especie de resumen o metáfora de su procedimiento creativo. “Es como las tejas de una casa antigua en la que una se superpone sobre otra, y esta sobre las siguiente.  De la misma manera     los conceptos, las ideas y las imágenes en mi obra se relacionan, se significan  y se mixturan entre ellas de una etapa a otra”.

Por eso  es   posible encontrar en el más reciente Betancourt los indicios, las marcas  de esos otros  Betancourt que él fue antes.

Esa superposición conceptual y simbólica anima la más reciente muestra del pintor titulada ‘El bosque incesante’.

La exposición, abierta la semana pasada en la sala Gangotena-Michaux, de la Alianza Francesa de Quito (Eloy Alfaro y Rusia), está compuesta por dos momentos de la  creación de Betancourt y abarca 20 años.

El primero tiene que ver con “la etapa en que estuve en una beca en Londres y, junto con mi deslumbramiento por ese mundo, empecé a representar los árboles  en una muestra llamada   ‘Selva ojival’. Era un recurso para mezclar mis influencias de ese momento con mi eterna inquietud por la naturaleza”.

En efecto, en 1988, el artista fue reconocido por el British Council con una beca para un posgrado en la Slade School of Fine Art, de la Universidad de Londres. Allí concibió  muchos de los elementos  gráficos y conceptuales de su estilo.

Uno de los elementos más llamativos de ese estilo es la amplitud cromática de su pincel. El escritor y crítico Julio Pazos observa que en
Betancourt, “los colores se han liberado de la naturaleza e inauguran en la percepción de los observadores inéditas experiencias”.

A la segunda parte  pertenecen los trabajos que Betancourt ha desarrollado en los últimos cuatro años. El árbol es  una figura simbólicamente capital, pero  hay variantes  de la primera fase.

Los rostros, por ejemplo.  La resonancia estética que el rostro humano  sugiere a  Betancourt  ha sido trabajado en cuadros como Flora y fauna en la cabeza femenina o Selva I. “Me interesaba  relacionar esa perfección de un rostro con las formas del árbol  y de la naturaleza.  En esto tiene que  ver  un elemento gestual porque yo siempre dibujo en el piso  y algo de esa fuerza  gestual se queda en los  cuadros”. 

Los cuadros de ambas etapas  establecen  una especie de  diálogo silencioso atravesado por 20 años de trabajo.  Capas de color  como  capas que el tiempo  ha ido  traslapando (para usar su imagen) y que dejan  indicios   subrepticios o manifiestos. Uno de ellos es la figuración y desfiguración del árbol. Según Pazos:  “La abstracción  del árbol se involucra en forma de cabezas, de casas, etc... además los árboles vuelan  y pierden sus raíces”.

Descrición
¿Te sirvió esta noticia?:
Si (0)
No (0)