24 de marzo de 2016 21:00

Beatriz, 67 años encerrada por amor a Cristo

Las habitaciones donde duermen las religiosas se llaman celdas. Allí descansan y estudian las sagradas escrituras. Foto: Armando Prado/ EL COMERCIO

Las habitaciones donde duermen las religiosas se llaman celdas. Allí descansan y estudian las sagradas escrituras. Foto: Armando Prado/ EL COMERCIO

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Evelyn Jácome

Nunca ha violado la ley, pero vive desde hace 67 años tras unas rejas. Jamás cometió un delito, pero duerme cada noche en una celda. Beatriz Teresa de Cristo Rey no puede salir a la calle ni estar en contacto con el exterior. Renunció a su familia y al mundo a sus 17 años, cuando decidió ser monja de claustro y consagrar su vida al recogimiento y la oración.

Beatriz, quien nunca fumó ni tomó y cuyo cuerpo jamás ha sido tocado por un hombre, es la mayor de la congregación de Carmelitas Descalzas y vive junto a 19 religiosas en el Monasterio del Carmen Alto, en el Centro de Quito.

Durante la entrevista hubo solo un momento en el que su voz pareció entristecerse. Fue cuando recordó que ingresó al convento sin permiso de su padre. Debieron pasar diez años para que él, ya anciano y enfermo, fuera a visitarla.

El encuentro fue en el locutorio. Ella de un lado, frente a una reja de madera con gruesos barrotes entrecruzados que dificultaban la visión. En el centro un espacio de 60 cm, y al otro lado otra reja. Su padre casi no habló. No hizo falta, dice. Su silencio lo dijo todo.

Cuando sus padres fallecieron tampoco se le permitió ir al entierro. El encierro en esa época era implacable. En 1965 las medidas se ablandaron y ahora, cuando los padres de las religiosas están en agonía, pueden pedir permiso al Vaticano.

Beatriz solo ha abandonado el claustro dos veces: cuando debió ser operada de la vesícula, hace 35 años, y cuando fue trasladada a Quito, en el 2005.

Su vida religiosa empezó a los 17 años cuando envió una carta al claustro de Riobamba para saber los requisitos de las aspirantes. Las religiosas la citaron para conocerla pero su padre le aconsejó esperar unos años, por su corta edad.

A las 04:30 del día siguiente fue a misa en Santo Domingo y partió a conocer el claustro junto a su madre. Llegaron y antes de entrar, se arrodilló y recibió su bendición. Ingresó. Las puertas se cerraron. Beatriz jamás volvió a salir.

“Desde atrás de la puerta le dije a mamá que me dejaron quedarme. Se enojó, me suplicó que saliera para despedirme de papá, pero no lo hice”.

Escuchar hablar de libertad a una mujer que perdió el contacto con el mundo desde su adolescencia, resulta paradójico. Estar presa por amor a Cristo la hace feliz y lo dice con tanta insistencia que convence a quien la escucha de que solo detrás de los barrotes, encerrada tras esos muros, ella puede sentirse libre.

La vida de Beatriz es una sucesión de movimientos programados, silenciosos, que la conectan con su creador. Sale del Coro Bajo, un espacio destinado para la oración, con el paso lento que caracteriza a aquellas personas que no juegan a ganarle al tiempo. Se sienta en el jardín de la Virgen de El Carmen luciendo su hábito y hace algo que jamás hizo: le cuenta su vida a alguien que no es de su congregación.

Sus padres la bautizaron como Mercedes Alicia Ayala. Estudió en el Instituto Pérez Pallares y allí, a los 10 años, luego de leer la vida de Santa Teresita del Niño Jesús, decidió que quería ser monja de claustro, al igual que sus dos hermanas.

Beatriz jamás ha manejado un computador, no tiene idea de lo que significa Facebook, Twitter o WhatsApp y tampoco le importa. Antes de entrar al claustro alcanzó a conocer el teléfono y la vitrola, un equipo de sonido que funcionaba con manivela. Todos los demás inventos, incluidos los smartphones, le resultan extraños e innecesarios.

En el convento no es permitido encender el único televisor antiguo. No ven las noticias excepto cuando ha ocurrido alguna catástrofe y lo hacen solo para orar por las víctimas. Pero por su ubicación, se enteran de primera mano cuando hay protestas. Los gritos, las bombas y los helicópteros, hacen que las monjas se reúnan a orar por el país, cuando algún presidente es derrocado.

Para Beatriz -siempre sonreída y obediente- vivir allí es una bendición a la que pocas tienen acceso. En el país hay 13 claustros. El que admitió a Beatriz se abrió hace 363 años.

Beatriz está lejos de ser una monja opaca, resignada a la soledad. Es más bien una mujer carismática que dice lo que piensa: “La gente cree que las monjas somos aburridas, medio mudas y ociosas. Pero no es así”. La congregación se levanta a las 04:30 y para orar el Rezo de Laudes. Rezan más de siete veces diarias. A lo largo del día, el sonido de una campana les advierte sobre la hora de la adoración, de comer los alimentos y del trabajo.

Hasta las 21:00 no hay un solo minuto que no esté destinado a una tarea: hay oficios de limpieza, de cocina, de bordado, de elaboración de vino y cremas para la venta al público. Además, estudian la Biblia.

Todo lo hacen en silencio, está prohibido hablar. Eso fue lo que más le costó a Beatriz. “Era charlonita y bullanguera”, bromea y suelta esa risa casi infantil que hace eco en el convento.

Solo dos horas al día se les permite conversar. En ese tiempo juegan básquet y hasta bailan. Pero suena la campana y regresa la quietud.

A Beatriz no le gusta lo que hay afuera. Prefiere estar presa por su voluntad, y una vez por semana, hacer disciplina: golpearse con una especie de fuete y tratar de entender el sufrimiento de Cristo en la cruz.

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