4 de November de 2009 00:00

Basura plástica amenaza al planeta

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Jaime Plaza. Coord. de Sociedad

Cada vez que va al supermercado, Amalia Castro utiliza, al menos, ocho fundas de plástico para llevar sus compras. A la vez, su familia consume semanalmente un promedio de 20 botellas de gaseosas, de agua y de refrescos.

Ese consumo se repite en la mayoría de hogares del país. Solo la cadena Supermaxi reparte a sus clientes en el país alrededor de 8 millones de fundas de plástico cada mes. Para evitar un mayor impacto ambiental, las bolsas que esta firma entrega a sus clientes son biodegradables.    

Estas son producidas en Flexiplast, ubicada en Calderón, norte de Quito. Allí, Arturo Sánchez, subgerente general, confirmó que mensualmente entrega a Supermaxi cerca de 200 toneladas de fundas. En esta fábrica, el proceso se inicia con la absorción de miles de granos de polietileno, en estado virgen, por las 15 máquinas extrusoras para formar una burbuja de 14 metros de alto y que da paso a una gigantesca lámina, que luego se emplea como base para la fabricación de las fundas.

En las tiendas, panaderías, almacenes, farmacias… las envolturas plásticas se emplean para envolver prácticamente todos los productos de venta. En el país,  según estudios técnicos, se consumen 1 000 millones de fundas plásticas  por año. 

Pero Dany Ledesma, gerente de Marketing de Rebag (que impulsa la alternativa de los bolsos en tela poliéster), remarca que esa cifra no incluye el plástico de  empaques y otros productos.

Anualmente, en el mundo se producen cerca de 60 000 millones de toneladas de plástico, en especial envases, fundas y envolturas, según la ambientalista internacional Greenpeace. Las presentaciones, hechas a base de polímeros o PET (materia prima), sonvariadas: para agua, refrescos, hidratantes.

Por eso, la generación de estos desechos se ha vuelto imparable. De las 1 500 toneladas de basura que se generan a diario en Quito, el 14% es plástico. Si bien no hay un registro nacional, Jorge Hidalgo, del Cedegma, calcula que un 40% del total de basura corresponde a plásticos, dependiendo de las urbes.  

Cada día, con frecuencia, se ve a jóvenes y adultos con botellas de agua en la mano, por salud o por moda. Pero ellos, que parecen ajenos al daño del planeta, también están expuestos a sufrir serios problemas si rellenan de agua los envases. En su fabricación se utiliza PVC o variantes que los convierten en peligrosos para la salud humana. A temperaturas extremas, expulsan  ciertas sustancias cancerígenas… El plástico es hecho con polietileno, un derivado del petróleo.

Pero Javier Salazar, coordinador del Programa de Reciclaje Proambiente de la Universidad Católica del Ecuador, y Sánchez resaltan que el plástico es una de las mejores invenciones. En especial por su durabilidad, resistencia y formas de uso.

No obstante, Salazar e Iván Moncayo, coordinador de la campaña por los Derechos de la Naturaleza, subrayan que el consumo desenfrenado y  la falta de un procesamiento final adecuado  generan graves problemas para el planeta. Se calcula que solo entre el 3% y 5% de los productos plásticos se  recicla. El resto acaba a la intemperie, en los botaderos  o sepultado en los  rellenos.  

Amalia Castro, su esposo y sus tres hijos, moradores del Comité del Pueblo, al norte de Quito, guardan las fundas y los envases. Pero no lo hacen por una iniciativa de reciclaje ni por una convicción ambientalista, sino para regalarlas a una vecina. A veces las  arrojan con el resto de la basura. Así empieza la cadena de impactos, a todo nivel, pues el promedio de familias ecuatorianas repite, con matices, este hábito. 

Para Jorge Mórtola, presidente de la Asociación Ecuatoriana de Ingeniería Sanitaria y Ambiental, uno de los más evidentes es el golpe  visual que se produce cuando la gran mayoría de esos millones de fundas terminan desperdigadas. Es común ver parques, playas y otros sitios cubiertos de botellas y fundas, entre otros desperdicios, tras una afluencia masiva de personas.

El ‘shock’ visual es apenas el primer impacto. Las secuelas se agravan cuando los desechos plásticos caen en los sumideros y alcantarillas, taponándolos en el invierno. Bajo los puentes o en las orillas de los afluentes, en esteros como el Salado o la isla Trinitaria, en Guayaquil, se forman mantos enormes de desperdicios. La cadena de contaminación acaba en los  mares.

El ex vicepresidente de EE.UU. y hoy activista, Al Gore, ha denunciado la presencia de una especie de isla o sopa de plástico en el Pacífico, entre las costas de California y Japón, arriba de Hawái.

Allí, la basura se acumuló y entró en descomposición, formando una espesa nata de sustancias tóxicas que atrae a especies como peces, crustáceos, moluscos y aves que buscan alimento. Unos mueren y otros sobreviven pero con esas sustancia en sus organismos que en algún momento son consumidas por el ser humano. 

Esas sustancias son teratogénicos (producen anormalidades en la gestación) o mutagénicos, que dejan secuelas no inmediatas sino en los descendientes. Los especialistas tampoco recomiendan la incineración de los desechos plásticos, porque emanan sustancias tóxicas.

Así, solo el reciclaje aparece como una opción al alcance. A diferencia de lo que ocurre con la familia de Amalia Castro y con la gran mayoría de ecuatorianos, los esposos Cristian Pérez y Cristina Orellana tomaron la iniciativa por su cuenta. Claro que lo hacen motivados por su hija Ariana, de 3 años. En su guardería, House’s Dreams, le inculcan al reciclaje reusando los envases plásticos para armar chinescos o recipientes para las pinturas.   

Iván Moncayo insiste que por desconocimiento la gente no recapacita sobre los daños ambientales. “La Tierra es la única casa que tenemos, pero la estamos llenado de basura. Pensamos que no nos afectará”.

Los Pérez Orellana están convencidos de que es imprescindible reducir el consumo de los envases y fundas plásticas. Por eso, cuando van al supermercado llevan una bolsa de lona grande, donde empacan sus productos, aunque son vistos como extraterrestres por otros compradores.

Prohibiciones en otros países

Entre 2005 y 2007, varios países tomaron decisiones drásticas. Ruanda y Bangladesh prohibieron el uso de las bolsas plásticas. En Ecuador recién se empiezan a analizar las primeras propuestas en ese aspecto.

En 2008 China prohibió las bolsas plásticas gratuitas. Según CNN, esto le permitió ahorrar 37 millones de barriles de petróleo cada año para la confección de las mismas. Israel, Canadá, India, Botswana, Kenia, Tanzania, África del Sur, Taiwán y Singapur, al igual que varios estados de EE.UU, también prohibieron o están en el proceso de prohibir el consumo de estos productos.

Asimismo, Irlanda fue la primera en Europa en poner impuestos sobre las bolsas plásticas en 2002. De esta forma, ha reducido el consumo en un 90%.
Norman Wray, concejal de Quito, reconoció que se elabora una propuesta de ordenanza municipal para desincentivar el consumo de las fundas plásticas.

Con esta iniciativa se pretenderá motivar a los habitantes de Quito a que transporten sus compras y más bienes en fundas de tela y envases no perecibles. “En el momento estamos discutiendo con la Secretaría del Ambiente para presentarla al Concejo Municipal antes de finales de año”.

Iniciativas similares también son analizadas por municipios como el de San Cristóbal, Galápagos. A su vez, el Ministerio del Ambiente también empezó a analizar posibles leyes para frenar los impactos causados por este tipo de residuos.

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