7 de June de 2009 00:00

Bahía quiere el rótulo de ciudad verde

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Redacción Manta

La estación de radio La Voz de Los Caras suena.  María Salvatierra, una turista ambateña de paso en Bahía de Caráquez, la escucha mientras se traslada  desde el edificio del Museo del Banco Central, en el malecón, hacia  el norte. María comparte el asiento con una amiga   a bordo de un taxi ecológico. Un triciclo chino adecuado para llevar pasajeros.



Voluntarios para reforestar 
60 voluntarios que llegan desde Estados Unidos, Europa, Australia, Argentina, Colombia y Ecuador dan mantenimiento cada año a las 10 hectáreas reforestadas en la zona urbana.  El voluntariado de varias  ONG sostiene el proyecto de ciudad verde. 
En el asentamiento Fanca,  en el sureste de la ciudad,  los vecinos sembraron en las veredas árboles frutales.
La población flotante de extranjeros se mantiene gracias a que el estuario del río Chone es zona de atraque y permanencia de los ciudadanos que llegan en veleros; pasan hasta seis meses aquí.Aquí los taxis  propulsados con la fuerza del   pedaleo del chofer son  parte del proyecto que nació hace 10 años,  cuando la ciudad fue declarada   la primera urbe ecológica del país.
Jacob Santos, empresario turístico, asegura  que tras la devastación del fenómeno El Niño (1997) y el terremoto de 1998, Bahía volvió a nacer, pero esta vez  respetando a la naturaleza.
“Aprendimos la lección. Las laderas que forman parte de los acantilados sucumbieron por la  gran  cantidad de aguas lluvias que cayeron en la zona. Causaron deslizamientos, muerte y dolor”. Santos dice que la ciudad, cobijada por el estuario del río Chone, se asemejaba a un sitio de guerra.

La naturaleza  volvió a golpear a Bahía de Caráquez con el terremoto y el éxodo   de jóvenes comenzó. A ello se sumó el virus de la mancha blanca,  que atacó a la industria camaronera.   Hoy, tras 10 años de la declaratoria de ciudad ecológica, en Bahía de Caráquez se conjugan los espacios verdes en tierra y una gran diversidad en el estuario del río Chone.

Los tricicleros impulsan sus vehículos de tres ruedas y le ponen el toque pintoresco al  lugar. Patricio Robayo  es uno de los 200 pedalistas que se ganan la vida en Bahía con la  fuerza  de sus piernas. “Hace tres años que me gano la vida pedaleando, nuestro combustible es pescado, plátano verde y buenas sopas con mariscos”.

Se gana hasta USD 8  en días comunes. Ahora que empieza la temporada de vacaciones de la Sierra,  Robayo calcula que se incrementará a por lo menos USD 15.  “Los serranos pagan bien”.

La red de propietarios de bosques privados   (12 en total)   ha preservado y rescatado 2 500 de
12 000 hectáreas de bosque húmedo y seco tropical  en la cordillera El Bálsamo,  ubicada en el suroeste de la zona urbana.

Marcelo Luque es uno de los voluntarios. Él dice que en la zona de los manglares en el estuario,
2 000 hectáreas de esa planta  volvieron a ser  residencia permanente de fragatas, ibis, gaviotas, garzas y pelícanos.

El trabajo en las colinas está a cargo de la ONG Planet Drum. Clay Plager-Hunger  está al frente de la organización.  Dice que su  objetivo es la reforestación de partes urbanas y rurales de la zona.

El trabajo casi artesanal en sectores como El Astillero, María Auxiliadora, Bellavista, entre otros, rinde sus frutos.   8 000 plantas de 24 especies de la zona fueron sembradas en 10 hectáreas. El riego es manual durante un año hasta que la nueva semilla se adapte al suelo.  “Luego vienen las lluvias aunque escasas en varios años, el suelo ahora ya no se erosiona como antes”, señala.

La presencia de los clubes ecológicos en cinco colegios de la ciudad garantiza que la   ciudad ecológica siga. Javier cursa el noveno año en el colegio mixto Eloy Alfaro. Junto con 10 compañeros cambian cada año la tierra de las jardineras ubicadas frente al establecimiento educativo.

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