2 de March de 2010 00:00

Bacón presenta obra antológica

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Redacción  Cultura

Cuando  su madre murió, Salvador Bacón, un adolescente de 13 años que  había  llegado  hace poco a   Quito, le prometió que se haría arquitecto. Fue una de las promesas que más se esforzó por cumplir y una de las más pesadas. A los 18 años , cuando  conoció  el  Colegio Universitario de Artes Plásticas,  se dio cuenta de que  no podía  sostener esa promesa. 
Decidió que honraría mejor el recuerdo de su madre si se dedicara realmente a lo que a él lo apasionaba: el arte.

Luego de más de 35 años de trabajo artístico, hoy Salvador Bacón tiene un lugar en la plástica nacional por una propuesta personal que la crítica ha identificado en la corriente naif  (ingenuo en francés). Una muestra   antológica,  montada en las salas de exposición temporal de la Casa de la Cultura y titulada ‘El color de los Andes’,   ilustra el periplo que el autor  ha desarrollado desde  sus  primeros  cuadros.  

El criterio que ha ordenado las  85 obras (14 dibujos a lápiz  y a tinta,  dos óleos sobre cartón, y el resto óleos sobre lienzos) ha obedecido a construir una percepción sobre  las cuatro etapas que, según él mismo, ha atravesado su propuesta: “La pintura social,   las escenas costumbristas, el arte naif y el neofigurativismo”.

Los primeros cuadros, colgados al principio de la muestra,  retratan varios personajes como cargadores, mendigos o lavanderas con un ánimo detallista aunque  las expresiones de los rostros no aparecen definidas.

Desde la segunda etapa empieza  propiamente a notarse el estilo que le ha dado a Bacón reconocimiento nacional e internacional.  La etapa del costumbrismo está marcada por escenas campesinas que el artista  rescató de su  infancia en el pueblo serrano de Guamote.

“Allí están  escenas de los fogones indígenas que aún existen”, explica el autor,   nostalgia por la  figura materna que lo abandonó  tempranamente.  “Aún pinto esos  fogones  para recordar a mi mamacita. El campo, la energía limpia del campo,  me causa la misma alegría que me producía, de niño, el rostro de mi madre”.

Esa condición espontánea  y emocional de la pintura de Bacón  son las  principales  virtudes que críticos como Carlos Villacís  Endara  supieron saludar al principio de su  carrera: “La honesta ingenuidad en el tratamiento de la composición, la clase de elementos empleados, los personajes sobreviviendo en su realidad, están  narrados con solvencia de conocimientos”.

La pintura  naif es el producto de una intensa necesidad de expresión que no recurre a las herramientas conceptuales y materiales del pintor académico. Por ello sus sistemas cromáticos  y simbólicos responden  a unos valores que vienen de su cotidianidad. En ese sentido la pintura ecuatoriana se ha alimentado en gran parte de las tradiciones  indígenas y coloniales.

Por ello  la obra de Salvador Bacón contiene una riqueza simbólica muy profunda heredada de su infancia en el campo de su natal Guamote.

La cromática  y los símbolos   son las claves de su estilo

Los peces que empiezan a aparecer en la  tercera etapa  y que pueblan todos sus cuadros recientes  son, para Bacón, símbolo de la  libertad.

Las palomas , y en general, las aves   representan  la paz  y la armonía de todos  los animales.

Las guitarras o los instrumentos de cuerda son símbolos de la energía positiva, “el hilo de amor que atraviesa a los seres vivos”.

Los colibríes  son alegorías de la  fugacidad de la existencia.

Ha expuesto  su obra en países como Francia, España, Alemania, Argentina, Estados Unidos, Cuba y  Perú.

Desde el 2005  ha montado muestras  continuas en varias ciudades de los Estados Unidos. En 2008 expuso en la Casa de las Américas, el Museo Delaware, y en el Salón Iberoamericano, las tres en  la ciudad de Washington.

La muestra estará abierta hasta el  5 de marzo próximo. De 09:00 a 17:00. La entrada es gratuita.

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