7 de April de 2011 00:00

Ayer y hoy

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Lo que sucedió en Argentina, Chile y Uruguay fue como para no creer. Eran los países hispanoamericanos ejemplares: en ellos se había impuesto la civilización a la barbarie. Para Tomás Eloy Martínez, escritor argentino, inclusive Buenos Aires no era más que una ciudad monstruosa en la que la barbarie y la civilización coexistían: en el Teatro Colón los conciertos de música clásica, en los quilombos los tangos milongueros; el compadrito zafio invadiendo espacios del señorito afrancesado; los grandes escritores al socaire de las academias ante la avalancha de un castellano destrozado; la opulencia egoísta y ciega calle de por medio con la pobreza extrema, vengativa y feroz. Si, fue un espejismo: en aquellos países se produjeron las dictaduras más feroces, no quedo precepto jurídico que no fuera pisoteado ni juez que no cayera rendido. La lucha entre la civilización y la barbarie es una de las constantes históricas a nivel iberoamericano.

Pese a todos los contrastes imaginables de ese Ecuador bárbaro, el de las leyes con piola y leguleyos titulados de doctores, la Corte Suprema de Justicia no dejaba de ser un amparo al cual se recurría en casos extremos. Fue el blanco de los bárbaros, de los déspotas. Controlar las Salas de lo Penal un paso imprescindible para propósitos inconfesables. Se recordará que fue el Diario EL COMERCIO el que con pruebas irrefutables denunció la vinculación de Magistrados de la Corte Suprema con quien fue calificado de ‘dueño del país’. Imposible olvidar que cuando se organizaba la ‘pichicorte’ se disputaron el control de dichas Salas quienes detentaban los poderes fácticos, uno de los cuales por poco llega a la Presidencia de la República. Así comenzó la politización de la justicia. Así se iniciaron los juicios penales que hacían temblar, la penalización de los delitos de opinión sin posibilidades de defensa. Fue cuando se impusieron los bárbaros.

En estas circunstancias, ante estos terrores, más bien pocos fueron los medios de comunicación que se sumaron a la lucha frontal y sin concesiones que mantuvieron EL COMERCIO, la Revista Vistazo, el Colegio de Periodistas de Pichincha y Carlos Vera en su programa de TV: se hallaba en juego la libertad de expresión, el derecho básico a opinar. La historia les juzgará a quienes comprometidos con los intereses económicos de los bárbaros no se pronunciaron.

Intolerable el juicio penal a los periodistas autores del libro ‘El Gran Hermano’.

Inadmisible que se pretenda poner una vez más las manos en la justicia. A los detentadores de hoy les cabe un atenuante: se les negó la serenidad –todo el mundo les cayó encima-, quizás no tienen la madurez suficiente, como para haber llegado a la convicción de que tan solo se logra la justicia social bajo el imperio de la ley, la que responde a todos los derechos.

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