23 de January de 2010 00:00

El autoferro ofrece tres rutas al viajero

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Una aventura por la Nariz del Diablo
Riobamba

El  sonido  de la bocina altera  la tranquilidad  del domingo soleado en Alausí. Son las 11:10 y un autoferro parado  en la  estación, construida en 1901 y que ahora luce remozada, calienta el motor antes de descender por la  vía férrea hasta la Nariz del Diablo.

Los 38 pasajeros son  franceses, españoles, argentinos e  ingleses. Están equipados con cámaras,   impermeables, mochilas... 
Marco Santillán, administrador de la estación, advierte a los  turistas que en 10 minutos se iniciará el viaje por las montañas andinas. 

Los madrileños Belén González y Juan Castelón se embarcan  emocionados en  la unidad   97.  Una voz suave   se escucha por los parlantes.
Es Catherine Álvarez, guía, quien explica en inglés y español cada uno de los lugares por donde cruza la máquina

“Es  fantástico mirar los paisajes y conocer esta ruta, que es rodeada de precipicios que estremecen”, dice González, una  cineasta española. 

En los primeros 5 km,  de los 11,5 kilómetros que tiene el tramo, el autoferro se detiene. Álvarez, con su mano derecha,  señala la punta de la montaña.  Los lugareños  bautizaron a la elevación como La Nariz del Diablo.  Cuenta que unos 4 000 jamaiquinos murieron en la construcción de este tramo y que desde su edificación, los durmientes y los rieles se mantienen intactos.

3 kilómetros más abajo empiezan los 800 metros de un vertiginoso descenso en zigzag. Luego, el autoferro pasa cerca de  la antigua estación  que fue restaurada el año pasado. Allí funciona una cafetería, administrada por los indígenas de Nizag. El turista también disfruta del pan de casa. A las 13:00,  la bocina suena otra vez y los viajeros retornan al  autoferro.

Un  recorrido por páramos y haciendas
Latacunga

Son  las 07:30 y las puertas de la renovada estación del tren, ubicada en Chimbacalle, en el sur de Quito, se abren. En las afueras, las personas esperan con ropa  de excursionistas: gorro de lana, chompa para el frío, ‘jean’, mochila y bolsos con provisiones alimenticias.

La aventura para recorrer  la ruta del tren empieza en este lugar. Una vez adentro, una vieja locomotora, traída en 1917, arranca las primeras impresiones.

El sonido de una campana de bronce es la señal de que  el viaje empieza. Otra sorpresa para los turistas: el recorrido se hará en autoferro y no en la locomotora.
 
Diego Villavicencio es el guía. Él da la bienvenida y  las ruedas de metal   empiezan a deslizarse sobre los  rieles.
 
Un paso por la zona industrial de Quito y luego, la máquina sigue por la cresta de las lomas.

Mientras se ven las montañas, el valle, las parcelas donde pastan las vacas, casas de teja, perros que salen de las casas a intentar alcanzar al autoferro... Villavicencio ha transformado a la unidad en un  aula de clase.

“Los Ilinizas eran una pareja de novios que murieron”, narra.    También cuenta historias del tren, de las nueve estaciones que se ubican a lo largo de los 99 km que hay entre Quito y Latacunga.
 
A las 10:00 es la parada en Machachi. El Café del Tren, administrado por seis personas del lugar, ofrece  desayunos. El plato más caro, el cocinado, cuesta USD 2 (choclo, habas y queso).
 
Luego se  sigue por los pajonales hasta llegar a la estación de El Boliche, la entrada al nevado Cotopaxi.  Después, el paisaje de páramo cambia por parcelas de brócoli.  Al mediodía se llega a Latacunga. Ahí, las chugchucaras son la opción para el almuerzo.  A las 14:00 se inicia el retorno.  

Al museo de la sal y  la cita con la bomba
Imbabura

El  silbato de los autoferros se escucha a 100 metros a la redonda, mientras salen de los talleres de la Empresa de Ferrocarriles Ecuatorianos (EFE), en Ibarra. El intenso tránsito vehicular se detiene para permitir el cruce por las calles Vacas Galindo y Eugenio Espejo.

La gente no deja de sorprenderse ante el paso de las pesadas máquinas, mientras avanzan por  la línea férrea hacia la estación de El Obelisco, el jueves pasado.

Allí esperan más de 40 jubilados del IESS de Quito, para embarcarse en el viaje. Todos están ansiosos por comenzar el recorrido por la  Ruta de la Libertad.

“Es una pena que no hayan podido venir más de nuestros compañeros. Somos como 600”, dice Sonia Gallegos, jubilada.

La ruta de 29 km conecta a Ibarra con la parroquia Santa Catalina de Salinas, en el valle del Chota. Es un viaje emocionante de dos horas y de pura adrenalina. El terreno descienden por los precipicios y atraviesa por  una docena de túneles y puentes.

Ana Villarreal, gerenta regional de la EFE, se encarga de supervisar los detalles del viaje. “Atendemos a  unos 400 turistas por mes”, explica.

A las 09:30, los autoferros empiezan el recorrido. En Salinas, unas 100 familias afrodescendientes se organizan para atender a los turistas.

Eso es parte del proyecto Palenque, que incluye un centro gastronómico que oferta comida ecuatoriana e internacional. Un almuerzo criollo cuesta USD 2,50. El plato extranjero más caro cuesta USD 10. 

Además, se abrió un museo que muestra el procesamiento de la   sal. Allí,  los grupos de danza y música bomba alegran la breve estadía de los viajeros en Salinas.

En esa parroquia, aún hay casas de adobe con techos de teja.

Tenga en cuenta

Para adquirir los boletos debe dirigirse a las calles Bolívar 443 y García Moreno  (en el Centro Histórico de Quito). No hay parqueadero.
Puede hacer las reservaciones llamando al (02) 258  5710. Por la demanda, debe comprar  el tique una semana antes del viaje.

El pasaje para la ruta Quito-Latacunga cuesta  USD 10 para adultos y USD 5  para niños y tercera edad. 

El pasaje Ibarra-Salinas cuesta  USD 7,60;  y de Alausí a la Nariz del Diablo, USD 7,80. Los niños pagan la mitad.

El viaje  Quito- Latacunga parte a las 08:00, el retorno es a las 18:00, de miércoles a domingo. El viaje de Ibarra a Salinas sale a las  09:30 y el retorno es a las 16:30. A la Nariz del Diablo, el autoferro sale a las 09:30 y 11:30. 

¿Qué llevar?   Ropa abrigada y gorra para  ir a Latacunga y a la Nariz del Diablo. Para viajar a Salinas es  preferible  la ropa ligera,  por que hay que atravesar el valle del Chota. No olvide la cámara de fotos  y   agua

En los trayectos hay restaurantes, administrados por las comunidades,  donde hallará comida típica y bocaditos.

En El Boliche, usted puede quedarse para disfrutar del páramo. Ahí también hay sitios para comer y haciendas ganaderas.

La  EFE  ha montado un operativo de seguridad que  permite paralizar el tránsito, para que los autoferros no se detengan.

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