18 de agosto de 2014 23:35

Las artesanías del país tienen su vitrina en La Mariscal

Cerca de un centenar de comerciantes proviene de Otavalo, provincia de Imbabura. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO.

Cerca de un centenar de comerciantes proviene de Otavalo, provincia de Imbabura. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO.

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Ana Guerrero.  Redactora

El color y las formas copan ocho corredores. Son 14 años desde que el mercado artesanal de La Mariscal ve llegar a los artesanos, con textiles de Imbabura, productos elaborados en cuero desde Riobamba y otros artículos desde Loja, Cuenca y otros rincones del país.

En ese espacio del centro norte de Quito, en uno de los puestos, las blusas con bordados multiformes, elaboradas a mano, como promociona una de las 197 comerciantes, son el principal atractivo. A unos pasos, los gorros hechos con alpaca cautivan la atención de un ejecutivo estadounidense, para quien el traductor que está a su izquierda se vuelve innecesario, al escuchar a la vendedora decirle: “diferent colors”, seguido del precio de los artículos en inglés.

Sentado en uno de los pasillos, el que sirve de acceso a los corredores donde se exhiben las artesanías, Víctor Picuasi acomoda su sombrero y mira expectante a los turistas franceses que se acercan a uno de sus dos locales: 123 y 182. Él tiene presente que fue en la época del alcalde Roque Sevilla que este espacio abrió las puertas.

Mientras Dominique Fontan, su esposo y sus dos hijas miran las prendas que Picuasi oferta, el hombre nacido en San Roque de Imbabura relata que los vendedores tenían sus puestos en las aceras de la av. Amazonas. Cada tarde y fin de semana, las veredas se copaban.

Inicialmente, fueron 180 personas las que instalaron sus negocios en el establecimiento de las calles Juan León Mera, Jorge Washington y Reina Victoria. Con los años, se fueron implementando nuevos puestos, cuenta. Y puede comprobar al caminar por los estrechos corredores, donde las damas buscan bisutería y manteles bordados. Las imágenes religiosas y otras esculturas, algunas provenientes de San Antonio de Ibarra, son otra carta de presentación para los artesanos del lugar, uno de los puntos de infaltables para los turistas que llegan a Quito, en el 2013, unas 630 000 extranjeros.

Allí, en ese espacio de La Mariscal, el mundo se junta, los anacos otavaleños se entrecruzan con las sandalias de europeos que, en muchos casos, como cuentan, hacen en el mercado artesanal su última escala en la visita al país.

Para Fontan, por ejemplo, es su último día en el Ecuador y decidió pasarlo en esta zona de Quito, comprando recuerdos para sus amigos y familiares. Pero, para ella, los bordados y el resto de artesanías pasan a un segundo plano: “Lo que más nos gusta es la gente, muy respetuosa, amable y risueña”.

mariscal

En ese espacio, hay productos desde 50 centavos, pues no faltan las porciones de confites y frituras. Una funda de habas fritas, por ejemplo, se ofrece en una esquina, donde una familia de venezolanos las saborean. Isabel Hilburtg, Jacinto Rodríguez y Juan Rodríguez llegaron el sábado y se hospedan en un hotel de la av. Amazonas.

Están de paseo, degustan las habas pero no pierden la oportunidad de hacer una crítica política sobre la situación que vive su país y continuar, sin prisa, con su caminata.
A unos metros, está Miguel Maguan, 32 años. Nació en Riobamba, su padre es de Cuenca y su madre de Guayaquil. Una parte de las artesanías de madera que comercializa son elaboradas por él y otra, la trae desde Cuenca. En esa ciudad, cuenta, hay un grupo de trabajadores que intercambian productos. En medio de su explicación, una turista se asombra al escuchar que hay artículos desde USD 1.

Y no solo la Sierra está presente en el mercado artesanal, José Vélez es de Junín (Manabí) y uno de los fundadores del establecimiento. “Éramos vendedores de la calle”, rememora, al tiempo que acomoda los sombreros tejidos en Montecristi. En su puesto, hay sombreros que cuestan de USD 15 a USD 1 000. Los principales clientes son de EE.UU. y “no protestan” por los precios, comenta sonriente, porque ven que son productos de calidad.

En este espacio, de alrededor de 1 650 metros cuadrados, donde la jornada empieza a las 08:00 y las lenguas se mezclan, trabajan unas 400 personas, apunta César Oña, administrador: dos personas por local (197) más el personal de seguridad y los conserjes.

En esa mixtura de etnias, también las tendencias más juveniles tienen su espacio. Allí, la música andina se confunde entre tonadas de rock. El 50% de artesanos proviene de Imbabura, el 30% de provincias del sur del país y el 20%, de otras procedencias.

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