22 de November de 2009 00:00

El arte de un Luthier viajero

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De niño hacía guitarras muy pequeñas, como para un muñeco de juguete .



“Aparte de 
la ciencia, para hacer  y tocar guitarras se necesita de mucha inspiración”.De esas miniaturas ya no existe ninguna. No tuvo cuidado de guardar una de ellas porque no podía saber que sus guitarras iban a ser muy cotizadas.

Hugo Chiliquinga Espín nació en Píllaro hace 60 años. En esa ciudad  creció y ahí es donde recibió las primeras enseñanzas para elaborar guitarras. El padre era  ebanista, ahora el hijo se considera luthier. Título que se ha ganado porque se graduó en la rama artesanal, además porque las guitarras que crea son reconocidas en todo el mundo.

Antes, hacer una guitarra era cuestión de suerte, salía bien o mal. Nunca se tenía una certeza de que el instrumento iba a sonar bien, o si solo quedaría para adornar paredes.
Como  todos los constructores, Chiliquinga también sufría  por esta incertidumbre. La preocupación del porqué suena o no una guitarra lo llevó a buscar las respuestas en otros lugares. 

Primero se fue a Ambato. Luego se dirigió a Colombia para ver cómo hacían   las guitarras allá.  Más que respuestas del oficio se encontró con la mujer con quien se casó. En ese entonces, Chiliquinga llevaba unas frondosas patillas que enloquecían a las mujeres, que incluso le hicieron pasar más de un problema de faldas.

Después de 6 años, acuciado por el sonido a veces esquivo de la guitarra, se dirigió a México. En ese entonces tierra de Los Panchos, en donde todo el pueblo de Paracho se dedica a fabricar guitarras.

Chiliquinga se dio cuenta que ahí también desperdiciaban madera. La cuestión de la suerte también se aplicaba allá, era más el oficio y la habilidad que la certidumbre de la técnica.

En Paracho, Michoacán, estuvo poco tiempo; después de eso se fue a Estados Unidos para pasar a Europa. Empezó por Holanda, hasta que  llegó por fin a España. Cuna de las famosas guitarras españolas. Después de ocho días no encontró nada, nadie quería revelar los secretos, ni siquiera una foto le dejaron tomar. Así que para no volver con las manos vacías se fue a comprar recuerdos en la Plaza Mayor.  Una casualidad le llevó a fijar su mirada en un anuncio de guianza turística. Preguntó si le podían llevar al taller del maestro Manuel Contreras (quien se hizo famoso por la guitarra que le construyó al concertistas Abel Carlevaro). Una vez ahí, Chiliquinga decidió hacerse pasar por un comprador. Ingenuo, Contreras mordió el anzuelo y contó los detalles de la confección de sus guitarras. El secreto: curvar las barras armónicas.

Después conoció a los constructores  José Ramírez y Domingo Esteso; de ellos averiguó que utilizaban doble tapa, doble fondo y doble aro.  Todos estos secretos son muy bien guardados por sus fabricantes, ya que de esto depende la calidad de sus instrumentos. 

Ya con los secretos bajo la manga, Chiliquinga se disponía a regresar. Soñaba con copiar los modelos que había visto. Todo hubiera seguido ese curso si Esteso no le hubiera dicho: “Crea tu propia guitarra, no copies porque perjudicas a los demás”.

Andó como un gitano por el mundo durante 12 años. Después de ese tiempo Chiliquinga llegó con el estuche lleno de secretos, pero con la consciencia remordida.

Decidió que lo mejor sería seguir el consejo de Esteso y se puso a diseñar su propia guitarra. Después de muchos años de trabajo (casi 50 de oficio) Chiliquinga por fin patentó su creación. Se llama Tapa radial armónica. Lleva este nombre porque el interior de la guitarra se parece mucho a una rueda de bicicleta.  Este invento ya ha sido patentado porque es único en el mundo.

La Tapa radial armónica es el trabajo de toda su vida. A esto hay que agregar sus investigaciones con las maderas. Antes traía  de México la madera llamada palo escrito. Pero ya no se consigue.

Después recorrió toda la Sierra en busca de los muebles antiguos como mesas y sillas porque sus maderas muy secas  son  las más apropiadas para este oficio de luthier.
En esta búsqueda de materia prima llegó hasta las ruinas de una iglesia  en Rocafuerte, en la Costa, cuya madera tenía una edad de 150 años. Con ella hizo un par de guitarras, pero los resultados no fueron los mejores.

Por eso se queda con la madera de capulí de 80 años.  Con ella le han salido los mejores instrumentos. También le gusta trabajar con la madera de guayacán, aunque tiene mucha resina que hay que secar.

El taller de Hugo Chiliquinga es como esos cuentos imaginarios  en donde se encuentran máquinas fantásticas. Esto se debe porque muchos de estos aparatos fueron diseñados por el propio luthier para facilitar su trabajo. Entre otras, ha creado máquinas lijadoras para el brazo, para calibrar la madera,   mesas para trabajar cómodamente los entrastes. Un horno especial para secar la pintura y una máquina moldeadora de aros que hizo en Japón.

Chiliquinga ha creado requintos y guitarras de todos los  precios, la más cara cuesta  USD 7 000, y está deleitando con su dulce sonido a España.

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