10 de January de 2010 00:00

Sin arengas

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Grace Jaramillo

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¿Es posible imaginar a un líder muy poderoso diciendo “me equivoqué” o, “no estoy en mi cargo para encontrar culpables sino para aprender y para corregir errores”? Para nosotros eso es prácticamente imposible, pero pasó esta semana. Barack Obama, sobre un tema tan álgido como el intento de ataque terrorista del 25 de diciembre, fue capaz de tomar responsabilidades y asumir la culpa por todos funcionarios que estaban a su cargo. Podía haber dicho que está meses en el cargo o que es culpa del Gobierno anterior, pero no se le ocurrió. Menos mal, se trata de un líder que realmente quiere cambiar la historia sobre lo que a ejercicio del poder se refiere. 

Obama ha decidido impregnar la política de modestia, tal vez porque gobernar así es mucho más fácil.  Leí el otro día que su estilo ha sido emulado por otros funcionarios, como el Secretario de Justicia, Eric Holder, quien todavía hace la mayoría de sus llamadas, no tiene un montón de pajes (perdón, secretarios o secretarias) y recibe personalmente a todas las personas que quieren verlo. A pesar de su origen humilde, pues sus padres fueron inmigrantes caribeños, no ha dejado que se le suba el poder a la cabeza.

Pero otro tanto se puede decir de Lula, quien fue nominado en 2009 como “hombre del año” por múltiples revistas del mundo. Su estilo sencillo, pero absolutamente claro y directo lo ha convertido en un líder mundial, que ha logrado que su país sea una de las más promisorias economías del planeta, más pronto que lo muchos imaginaban. Su manejo de la crisis ha sido impecable, tanto que la extremadamente liberal revista The Economist alabó sus políticas como las más eficientes para salir de la crisis en  2009.

En su rol internacional demostró un sabio sentido del equilibrio: fue lo suficientemente fuerte para censurar a EE.UU. por su liviandad con Honduras y por las bases que pensaba instalar en Colombia, pero también lo suficientemente justo para encomiar los esfuerzos de Obama para caminar hacia un mundo más multilateral.

Recibió gustoso al presidente Ahmadinejad en Brasil pero no le tembló la mano para emitir un comunicado de censura cuando el líder iraní volvió a fustigar el Holocausto. En esas condiciones de jugador global, ha vuelto a participar con fuerza en Sudamérica, olvidada por mucho tiempo, con un sentido del equilibrio y el largo plazo. No es que Lula haya cambiado los intereses hegemónicos de Brasil, pero le ha dado una forma y rigor que asume finalmente responsabilidades, sin mayores aspavientos.

Tal vez estamos asistiendo al nacimiento de líderes políticos que están contentos de aprender y tranquilos de equivocarse, y  asumen sus responsabilidades. Y, lo más importante, saben que esos procesos de aprendizaje y modestia  hacen mucho bien no solo a ellos y a su historia,  sino también a sus países. Lo malo es que en el mundo todavía son pocos.

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