14 de July de 2009 00:00

Aplausos

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Fernando Larenas

Durante la efervescencia del ‘Duce’, es decir, de Benito Mussolini, uno de sus mayores placeres era asomarse al balcón del edificio en frente de la Piazza Venezia (Plaza Venecia) para recibir el aplauso de un público entusiasmado por su elocuencia.

Desde el mismo balcón, ovacionado por sus eufóricos seguidores, el siniestro personaje declaraba la guerra a Francia o a Inglaterra, según su estado de ánimo. Sentía el bullicio en la calle y aparecía en el pequeño espacio con barandilla, donde solo cabían él y su enorme ego.

Los aplausos son el alimento espiritual de todos los humanos, especialmente de quienes requieren de reconocimientos. La analogía del balcón de Mussolini ha sido emulada por decenas de caudillos latinoamericanos.

Desde Juan Domingo Perón hasta Velasco Ibarra o Trujillo, el balcón jugó un rol decisivo en la lucha por el poder. Hoy ya no se necesita ese pequeño espacio para entusiasmar a las masas, la tecnología, la ampliación de la voz, las imágenes, son algunos de los elementos que han reemplazado al primitivo balcón.  Para todo lo demás ahora existe la tarima y la televisión.

Hay aplausos que causan vergüenza ajena, como cuando aterriza un avión o termina una buena película. Ni en el primer caso, ni en el segundo, el que logró la buena maniobra o la excelente producción  ni se enteran del agradecimiento del generoso público. El aplauso es el principal ingrediente, la vitamina, el calcio, el abono o el estímulo para políticos, artistas, líderes de opinión, religiosos y todo personaje destinado o predestinado a ejercer el poder.

Hay otros aplausos que también dan vergüenza ajena, pero que, felizmente, parece que están en vías de desaparición. Es el caso de los conciertos de música clásica en los cuales  el público está siendo más respetuoso con quienes se esfuerzan por ejecutar, sin interrupciones, las obras magistrales.

Ilia Gringolts y Aleksandar Madzar se sorprendieron durante las dos primeras sonatas para piano y violín de Beethoven que durante tres días interpretaron en la Casa de la Música.

A partir de la tercera sonata el público, que repletó el principal escenario musical del país, entendió que la ovación debe ser al final de la obra. Parecía que después del primer movimiento de la sonata número 9 (Kreutzer) estallarían las palmas, pero el público contuvo su emoción. Al final estalló la merecida ovación y los músicos, quizá lo mejor de lo mejor que hemos visto en estos tiempos, se fueron felices.

Y finalmente existen los aplausos  sentidos que vienen de los obnubilados, de los que se pasan horas escuchando al redentor de los sábados y al demagogo de los domingos caribeños. Seguramente terminan la jornada con las palmas rojas, pero llenos de esperanza.

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