31 de January de 2010 00:00

Anton Chejov aún es una estrella

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Moscú. DPA

 El escritor ruso Antón Chejov ya era considerado una estrella en vida, al menos en su patria, a finales del siglo XIX. Desde entonces, dramas como ‘Tío Vania’, ‘Las tres hermanas’  o ‘El jardín de los cerezos’ se han convertido en clásicos del teatro mundial.

Las obras de este genio nacido hace 150 años, el 29 de enero de 1860, siguen dando qué pensar a quien las lee o contempla, igual que las de Henrik Ibsen o William Shakespeare. Es que pocos dramaturgos indagaron en el dolor humano como Chejov.



La medicina es
mi mujer legal y la
literatura, mi amante
Antón Chejov
Escritor rusoA menudo, los críticos acusaban a Chejov, que falleció a los 44 años, de que sus textos reflejaban poca crítica social. Pero su famoso compatriota y colega León Tolstoi alabó la precisa ‘disección’ de la sociedad que realizó el artista. Y también el autor alemán Thomas Mann halagó su concisión narrativa y su inmensa fuerza.
 
Pero fue su sensible conocimiento del género humano lo que le proporcionó más admiradores. Por eso, sobre las narraciones del escritor ruso planea la pregunta de por qué los hombres, pese a sus avances, no maduran ni son más felices.

Se considera que una de las habilidades de Chejov es incitar a la reflexión sin dar sermones morales. No se trata de proporcionar respuestas, sino de plantear preguntas. Y mientras indagaba en las vacías almas de los hombres, no dejaba de lado su vida social.

Dicen que Chejov era una persona alegre, buen conversador y capaz de tomarse los asuntos más serios  con humor. “La medicina es mi mujer legal y la literatura, mi amante”, dijo una vez.

No se casó hasta pocos años antes de morir, con la actriz Olga Knipper. La tensión que respiran sus obras, escritas muchas veces en la península de Crimea, con vistas al Mar Negro, no responde en la mayoría de los casos a acontecimientos dramáticos, sino a los actores, cuyos sentimientos salen a la luz con diálogos indirectos.

Pero además del templado clima mediterráneo, Chejov no era ajeno a la cara más oscura del régimen de los zares. En 1890,  durante un viaje a la isla Sajalín, en el este del país, conoció a varios presos políticos que habían sido desterrados. Su experiencia quedó plasmada en “El pabellón Nº 6”.
 
En este relato, llevado al cine por el director ruso Karen Shajnasarov, un médico mantiene largas conversaciones filosóficas con uno de sus pacientes, hasta que sus colegas lo toman a él por loco.

Chejov revolucionó la literatura y logró dar el salto a la modernidad.  Hijo de una familia de comerciantes, comenzó escribiendo cuentos y relatos para diarios, a fin de pagarse sus estudios de medicina. Sus deslumbrantes disecciones socio-laborales, como en el caso de funcionarios y profesores, permiten obtener una profunda visión de los intelectuales de la época. Chejov mostró cómo esta clase social se hundía en su propia indiferencia.

Y es que el autor despojaba de todo a los héroes de sus historias: sus ilusiones, su belleza y su talento. Solo les dejaba la esperanza. Enfermo de muerte, en su último viaje, él también esperaba mejorar en Badenweiler, Alemania. El 15 de julio de 1904 bebió una copa de champán en la  cama de su hotel y murió.  En la actualidad,  su tumba en Moscú sigue atrayendo a turistas de todo el mundo al cementerio Novodevichi.
 
El presidente ruso, Dmitri Medvédev, rindió el pasado viernes honores al autor Antón Chejov, a 150 años de su nacimiento. El Mandatario dejó flores en el monumento al escritor en Taganrog, en el sur de Rusia, donde Chejov nació el 29 de enero de 1860. Numerosas personas  honraron en Moscú al autor, muerto en 1904 de tuberculosis,   y uno de los mayores autores del siglo XIX.

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