7 de junio de 2014 22:22

El Batán y La Floresta, la casa de alumnos extranjeros

estudiantes extranjeros

Mary de Dillon, Outi Kinnunen, de Finlandia, y Mateo Arias, en una amena charla en el comedor de la casa. Foto: EL COMERCIO

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Byron Rodríguez V. / Editor

Quito

La vivienda de la familia Dillon –grande y cálida- fue una de las primeras que se construyeron en El Batán hace 35 años. De 450 m2, hoy ofrece hospedaje para 18 chicos extranjeros que decidieron aprender español.

Mary de Dillon, la dueña, mamá ocasional de los alumnos, reconoce que el trabajo es arduo, pero se entretiene. Los huéspedes cumplen las reglas del hogar como si fuesen hijos; disfrutan de la gastronomía nacional y viajan para conocer la geografía y cultura del país.


¿Cómo llegan los jóvenes? Sebastián Bracho-Irigoyen, quiteño de 36 años, es gerente de St. Gallen Haus, dedicada a buscar alojamiento para estudiantes extranjeros en casas quiteñas. Tiene acuerdos con la UDLA y Columbus (escuela de español) y presta servicios a British Council e In Lingua.


Estudió Marketing en la UDLA y es uno de los más activos intermediarios en la zona que más conoce: La Carolina, que comprende el Batán Alto y Bajo, y Bellavista. Según Bracho, hace cuatro años, cuando comenzó, allí había cinco casas en donde se podía dar hospedaje a extranjeros. Hoy son 41. 
“La mayoría de casas y departamentos son de gente de la tercera edad: una vez que se han ido los hijos quedan los cuartos vacíos y requieren compañía”.

Él hace el contacto para que los chicos vayan a casa de Mary y a otras viviendas. 
La familia Dillon comenzó a brindar hospedaje hace 20 años. Tiene todo a punto para que la vivencia de los extranjeros sea grata. Una prueba: un collage de fotos, de los primeros alumnos, ya con sus esposas e hijos, está en una pared. 


A doña Mary, cuya casa está en la Federico Páez E14-60, le gana la nostalgia. “El tiempo vuela; parece que ayer nomás mis hijos (así los nombra) vinieron de Europa y de Estados Unidos”. Recibe siete alumnos por semestre y la temporada fuerte de visitas ya comienza: se da en junio, julio y agosto.


Abajo, en un salón de la planta baja, hay seis literas para 12 jóvenes; una TV, biblioteca; cuatro baños y tres duchas, lavadora y secadora. El jardín de césped, arupos y acacias, invita al juego y al descanso. En el segundo piso dispone de más cuartos para hospedaje.
 El costo: USD 600 mensuales (dos comidas, desayuno y cena, pues los alumnos almuerzan en los centros de estudio; Internet con wi-fi, lavado de ropa, ayuda para paseos a ciudades cercanas, Otavalo, Baños y Puyo).


Monserrat, hija de Mary, sostiene que El Batán agrada a los alumnos por la cercanía a líneas de buses en la Eloy Alfaro, el Megamaxi, los Supercines, La Carolina, etc.

A las 17:00 del pasado miércoles llega Emma Gilian, de 18 años. Vino con 11 alumnos de la U. de Missouri a cumplir un plan con la UDLA: un mes de práctica de español. 
La casa-oficina de Bracho, cercana a la de Mary, en la Guangüiltagua N37-04 y Diego Noboa, es de tres niveles. Parece un museo ochentero por los acetatos pegados en el tumbado de la sala que recibe la luz de junio. Él hospeda a profesores de inglés y a estudiantes.
 Le pagan entre USD 310 y 450 al mes, según los servicios. El año pasado recibió a 75 alumnos, y en lo que va del 2014, a 50.


Su trabajo le apasiona. Se nota en el arreglo de la casa de nueve habitaciones. 
A dos casas de la de Mary, Santiago Freile acogió a Samuel Miller, de 21 años, de Missouri. Él llegó con un grupo de la UDLA. Freile expresa su alegría. “Forjamos amistades que vencen el tiempo, son como mis hijos”. Miller, alto y robusto, sonríe. 
El Batán no es el único sitio donde se da hospedaje. Rocío Tejada, ama de casa y profesional, recibe desde hace diez años a estudiantes de Europa. En el departamento de la familia Segovia-Tejada (edificio

Torres del Norte, av. Seis de Diciembre) vive Jesse Forte, de la U. de Nuevo México; estudia español en la Escuela Latinoamericana y practica en el programa de radio ‘Yoaquiytu’ 104.1. En una década, Tejada recibió a 250 jóvenes. Las edades: entre 18 y 30 años, especialmente.

Dice que La Floresta es otro barrio preferido por la cercanía a las escuelas, parques, centros comerciales, cines y bares. “Ahí, 100 familias reciben a los chicos, y en Quito las escuelas de español suman 50”, sostiene.


En la Seis de Diciembre y Colón, Ana María Bedón y su madre, Dolores Espinosa, alquilan dos habitaciones del departamento de 180 m2. Desde el quinto piso la vista de Quito es bella. Llevan 15 años en esta tarea. Ana María cuenta que los visitantes ya vienen con excelentes conocimientos del país.
 También hay instituciones educativas que promueven este tipo de alojamiento.

El Instituto EF-Education First recibió, hasta el 2012, a decenas de alumnos. Hoy dicta clases de inglés para nacionales. También hace los contactos para que chicos de Ecuador estudien inglés en países angloparlantes y se alojen en casas.


David Játiva, de 23 años, estudió, en el 2008, seis meses en Chicago. “Fue la mejor experiencia de mi vida, solté más el inglés y conocí Chicago, una ciudad hermosa”, cuenta.


Mislav Kovacic, de Croacia, es director de la escuela de EF. Steven Davies, inglés de 31 años, es de la planta de 32 profesores. Están a gusto aquí. 
En El Pinar Bajo, Rossana Valencia preparó su casa, desde el 2003, para hospedar a estudiantes. Le apoya YFU Ecuador, un programa de intercambio estudiantil con 35 años de labor en Ecuador. Su hijo Martín se va ahora de intercambio a Alemania. Así que pronto habrá un cuarto más para alquilar.

En contexto

Los adultos mayores abren sus casas a los alumnos extranjeros. El motivo: los hijos se han ido, prefieren arrendar los cuartos vacíos, ganan dinero y, lo más importante, tienen compañía. En El Batán y en La Floresta existen 141 familias anfitrionas de los viajeros.

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