10 de January de 2010 00:00

Albert Camus aprendió a vivir jugando fútbol

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Edwin  Alcarás.  Redactor
cultura@elcomercio.com

Si un excelente y joven jugador de fútbol se dedicara, en sus ratos libres, a la filosofía y a la literatura, quizás  alguna vez escribiría algo como esto: “Aprendí pronto que una pelota no llega nunca del lado que uno espera”. Intercámbiese la  palabra ‘pelota’ por ‘destino’, ‘vida’, o ‘existencia’ y se tendrá la medida del potencial filosófico del rey de los deportes.

Cuando Albert Camus (Mondovi, Argelia, 1913-Villeblevin, Francia, 1960) escribió esa frase hacía décadas que había dejado de jugar fútbol, al menos profesionalmente. A los 16 años  había llegado a ser figura   en el equipo Universitario Racing de    Argel (RUA)  y tenía ante sí una  prometedora carrera como portero.

HOJA DE VIDA
 Albert Camus
Nació en  Mondovi (actualmente Drean, Argelia), el 7 de noviembre de 1913.
Sus estudios de   Filosofía y Letras en la Universidad de Argel   se interrumpieron por  repetidos ataques de tuberculosis. 
En 1939  publicó su primer libro  ‘Bodas’, una colección de artículos.  En 1942 aparecieron  ‘El extranjero’ y ‘El mito de Sísifo’.

Sin embargo, como él mismo decía, la pelota le llegó por el lado que menos esperaba y una incipiente tuberculosis  le impidió dedicarse a ese deporte que lo había acompañado siempre.

El pasado 4 de enero se cumplieron 50 años de su trágica y absurda muerte ocurrida en un accidente de tránsito (llevaba en el bolsillo el boleto de tren que abandonó por acompañar a un amigo que acaba de adquirir un auto deportivo). Francia y todo el mundo se ha dedicado a recordar la estampa de ese intelectual  ejemplar  del siglo XX.

El presidente francés, Nicolás Sarkozy, aprovechó la fecha para declarar su hasta entonces desconocida admiración por Camus y su intención de trasladar sus restos desde el cementerio de Lourmarin, un pueblo del sur de Francia, hasta el prestigioso Panteón de París, uno de los monumentos más importantes del país, donde están enterrados Víctor Hugo, Voltaire, Rousseau, Zola, entre otros grandes.

La respuesta de los hijos de Camus Jean y Catherine, ahora sexagenarios, ha sido más bien escéptica. Jean ha calificado a la propuesta como “un contrasentido” según versión del diario Le Monde, recogida por el diario La Nación, de Argentina. Catherine ha sido más cauta diciendo que “es complicado desde el punto de vista afectivo”.

En todo caso el aniversario y la inopinada propuesta ha puesto en evidencia un hecho claro: Camus sigue siendo un ícono vigente de la historia intelectual del siglo XX. El escritor cuencano Jorge Dávila Vásquez, quien estudió en París en la década de los setenta, recuerda que “aunque en ese entonces el clima intelectual francés había apagado un poco su pasión por el existencialismo y estaba volcado más hacia el marxismo, la figura de Camus nunca perdió su autoridad. Era la autoridad de un hombre honesto  y solitario que se revela contra lo inhumano”.

El impacto de su obra es doble, dice  el autor cuencano. “Era una literatura grave, seca, lacónica, hecha de ideas. Pero también  tiene   una carga moral   indudable que se basa  en la idea del sacrificio  y la solidaridad”.

Las ideas morales de Camus fueron reconocidas en su tiempo  con una palabra que hoy ha caído en desuso y es mirada con frialdad:   compromiso.  Sin embargo, como apunta Susana Cordero de Espinosa, quien escribió su tesis doctoral sobre el autor argelino,  en Camus esa  palabra cobró un sentido  muy particular.

“El compromiso que admitía Camus era su compromiso con el presente, con lo singular, con quienes lo rodeaban: con el hombre  que vive y sufre, con el pobre, con el que sufre de injusticia,  compromiso que, si es honesto, se extiende a todos los actos de una vida, a sus gozos y su belleza, pero también a sus miserias y su desgracia”.

En esa forma muy suya de comprender el compromiso en tanto actitud que afirma le venía  también, estima Juan Valdano (quien escribió su ensayo  ‘El humanismo de Albert Camus, en francés, en 1971)  a través de     la geografía. “Camus, un hombre nacido en las costas de Argelia, lleva en su sangre y en su sensibilidad toda la experiencia de la vieja cultura mediterránea de griegos, romanos y cartagineses: pueblos avocados a la aventura, al viaje, a la herejía, a la desmesura, a lo vital, al goce sensorial de la existencia, a la luz meridiana,  a la presencia del sol, el mar… Tierra de Homero, Epicuro, Heráclito, Platón, Virgilio, Horacio y San Agustín…”    

Es que ese genio y esa figura  que fue  Camus llevaba el fulgor romántico del hombre que se hace a sí mismo desde el punto de vista intelectual y moral, es decir que navega a contracorriente y que, por ende, es un hombre  solitario. Ese niño que quedó huérfano de padre cuando aún no cumplía  un año de edad y que se crió junto a una madre casi analfabeta, ganó el premio Nobel a los 43 años. Solo el inglés  Rudyard Kipling lo había recibido más joven. 

Fue en esos primeros años cuando descubrió la pasión futbolística. A pesar de ser un excelente atacante, tuvo que dedicarse al arco porque allí se gastaban menos las suelas del único par de zapatos que podía permitirse la economía familiar.

En su  monumental  biografía ‘Albert Camus’, el inglés Herbert  R. Lottman,  consigna el testimonio de uno de los compañeros de juego, Ernest Díaz, quien recuerda que “Albert era especialmente  hábil en los saques cortos y en el regate (sic)”.

Pero el mejor testimonio de la relación que mantuvo Camus con el balón  está consignado en un artículo que él mismo escribió para la revista France Foot- ball, pocos meses antes  de morir.  Allí recuerda el autor de ‘El hombre rebelde’:  “Me devoraba la impaciencia del domingo al jueves, día de práctica, y del jueves al domingo, día del partido”.

Poco antes de abandonar para siempre las canchas, apenas a los 17 años, en un periódico estudiantil llamado Le Rua,   apareció  una reseña de uno de los últimos  partidos, allí  se anota una frase  que  también se aplica a  toda la vida de este humilde  y fascinante genio literario: “El mejor de todos fue Camus, que sólo  fue batido por un mal entendimiento e hizo una espléndida exhibición”.

Lo que debo al fútbol
(extracto)

Sí, lo jugué varios años en la Universidad de Argel. Me parece que fue ayer. Pero cuando, en 1940, volví a calzarme los zapatos, me di cuenta de que no había sido ayer. Antes de terminar el primer tiempo, tenía la lengua afuera como uno de esos perros con los que la gente se cruza a las dos de la tarde en Tizi-Ouzou.
Fue, entonces, hace bastante tiempo, de 1928 para adelante, supongo. Hice mi debut con el club deportivo Montpensier. (...)

Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga.  Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha. (...) No teníamos más remedio que admitirlo. Y teníamos que jugar "deportivamente", porque esa era la dorada regla del RUA, y "firmes", porque cuando todo está dicho y hecho, un hombre es un hombre. ¡Difícil compromiso!. (...) Y a esta altura, no quiero seguir bromeando. Porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol, lo aprendí en el RUA. Esto es, en resumen, por qué el RUA no puede morir. Preservémoslo. (...)

Punto de vista
Susana  Cordero / Académica de la Lengua
 ‘Camus amaba demasiado la vida’

Camus amaba demasiado la vida. Se atenía  a la realidad de la miseria en la cual había vivido, en la cual vivió su madre. En  lugar de pontificar sobre sus causas, quiso sacar de ella las consecuencias para una vida fructífera: es cierto, el mundo es injusto, pero la vida es bella.

Están el invierno y la miseria -que él vivió en su infancia hasta declarar más tarde contra Sartre que él aprendió la injusticia en la miseria, y no en los libros. Pero están también el Mediterráneo,  la belleza de las playas   de África, y el gozo de vivir, antes que la muerte  y los totalitarismos.

En la época del compromiso obligatorio, que llevó a Sartre al extremo de adherirse, incluso, al maoísmo, Camus se mantuvo firme contra todo totalitarismo.
Hoy, y tras la caída del socialismo ‘real’,  el mundo le da la razón. Su moral  no tiene un sustento en un sistema filosófico, sino en su amor por la vida  -una vida digna para todos- y su  búsqueda de justicia. Ya que la vida es absurda, ya que carece de sentido, pues no existe, según Camus, un Dios que venga a dárselo.
Hay que vivir  ‘como si’...

Como si la vida tuviera un sentido. Como si valiera la pena vivir porque, de otro modo, el suicidio se justificaría y con él, el asesinato... Esta es la idea que desarrolla en El mito de Sísifo: Hay que vivir comprometiendo la existencia personal en esa apuesta que el tiempo, tan corto y más en el caso de la vida del mismo Camus, nos concede...

Él lo hizo: se comprometió, creó, escribió, buscó lo que consideró   mejor, sin perder de vista   aquello que había afirmado en su  novela ‘La peste’: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio...

Punto de vista
Juan Valdano Morejón  / narrador y ensayista
  ‘Defendió la naturaleza humana’

 Una de las  divergencias entre Camus y Sartre    es la naturaleza de sus humanismos. Ambos son ateos; pero mientras el uno niega una naturaleza humana (Sartre) el otro (Camus) la afirma como esencia de una ética.

Partimos de una idea de humanismo como una actitud de pensamiento que comporta dos afirmaciones: existe una naturaleza humana; y lo humano se caracteriza por la vida espiritual.

Mientras Sartre afirma, en ‘El existencialismo es un humanismo’, que “el hombre, tal como lo concibe el existencialismo si no es definible es porque, en principio, no es nada. Sin embargo, llegará a ser aquello que él haga de sí  mismo.  Por tanto, no hay naturaleza humana porque tampoco hay un Dios para concebirla”. Albert Camus, frente a esta negación,  expresa de la naturaleza humana la afirma y en ella asienta lo más valioso  que tiene el hombre: la rebelión.

En ‘El hombre rebelde’ se lee: “Al mismo tiempo que la rebelión sugiere una naturaleza común de los seres humanos, ésta pone en vigencia la medida y el límite que constituyen el principio de esa naturaleza”. 

La dicha y la salud  son características en  la obra de Camus.  Su prematura muerte acaecida el 4 de enero de 1960 confirmó  algo que Camus, por modestia, no quiso aceptarlo: ser un “maitre á penser” de las nuevas generaciones. Aquellas que al finalizar esa misma década harán la Revolución de mayo del 68 y por la cual echaron al traste toda suerte de dogmatismos: los de una izquierda utópica y stalinista (Sartre incluido) y una derecha caduca (De Gaulle y el gaullismo).

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