18 de mayo de 2016 18:07

El temor de un nuevo terremoto se activó en los albergues de Quito tras las réplicas del 18 de mayo

Olga de los Ángeles Morales es una damnificada de Portoviejo. Actualmente se encuentra en el albergue de la administración Eugenio Espejo en Quito. Foto: Evelyn Jácome

Olga de los Ángeles Morales es una damnificada de Portoviejo. Actualmente se encuentra en el albergue de la administración Eugenio Espejo en Quito. Foto: Evelyn Jácome

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Evelyn Jácome

Los gritos, las lágrimas y las imágenes de las paredes viniéndose abajo volvieron a adueñarse de sus mentes. Sentir nuevamente el movimiento de la tierra trajo miedos y recuerdos entre las personas de Manabí que se encuentran en los albergues de Quito luego del terremoto de 7.8 grados que sacudió al país el 16 de marzo del 2016.

Este miércoles 18 de mayo ocurrieron dos réplicas de 6.8 grados cada una en la escala de Richter; la primera ocurrió de madrugada, a las 02:57 y, la segunda 11:46. Ambos fueron registrados por el Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional. Algunos refugiados tuvieron episodios de pánico, gritaron y se descontrolaron. Otros se quedaron inmóviles y simplemente lloraron.

Para Jairo Morales, de 37 años, la réplica fue una especie de ‘dejavú’. Él estaba despierto durante madrugada cuando la tierra volvió a sacudirse con fuerza. Desde el día del terremoto hace más de un mes, Jairo no puede dormir y pasa los amaneceres con los ojos abiertos. “Se me pasaron las imágenes del terremoto por la cabeza como una película, como fotografías. Volví a sentir la desesperación igualita a cuando me cayó la casa encima en Portoviejo”, relata el hombre, quien está en el albergue de la Administración Eugenio Espejo, en el norte de Quito, junto con su madre.

Jairo fue trasladado de Portoviejo a Manta, y llegó el 18 de abril a la capital. Ahí fue internado en el Hospital Metropolitano por presentar politraumatismos por aplastamiento.

El día del primer terremoto, le cayó una casa de tres pisos encima. Esa noche, salió de su trabajo, un local donde vendía anillos de oro y plata en el centro de Portoviejo. Fue a la casa de uno de sus amigos a comprar una carcasa para su teléfono. Estaba en la bodega del primer piso, cuando empezó el terremoto. Unos cinco segundos después, salió corriendo hacia la calle, pero unos 10 metros antes de llegar a la puerta de salida los muros empezaron a caerse. Jairo no atinó más que a lanzarse debajo de un escritorio. Puso su cabeza y su pecho a buen recaudo, pero sus piernas fueron atrapadas por los muros. Frente a él, una señora también quedó bajo los escombros. Asegura que intentó jalarla bajo el escritorio pero no pudo.

Toda la casa se desplomó. “La señora gritó tanto pidiendo ayuda. Yo no podía gritar porque cada que intentaba hablar vomitaba”, recuerda hoy, recostado en su cama, y asegura que esos recuerdos hicieron que se quede inmóvil durante las réplicas. No salió a la calle como el resto de refugiados. Se quedó mirando el techo, mientras esas escenas volvían a su mente.

La nueva vivienda de Jairo es el albergue: una gran habitación con 20 camas, es decir 10 literas, baño y cocina, que comparte junto con cinco refugiados. Al principio hubo 16 personas, pero la mayoría fueron a hogares de acogida.

A Jairo lo rescataron tres horas después del primer sismo. Su pierna perdió circulación. Cuenta que mientras los rescatistas llegaban, él comenzó a reunir pedazos de cemento y a armar una especie de pirámide frente a él para que en caso de que se desplomara más la casa, los propios escombros le sirvieran de soporte para resistir el peso.

Se levanta la camisa y muestra una cicatriz alargada alrededor de su cintura. Allí precisamente le presionaba algo mientras estaba atrapado. No sabe si fue una varilla, un fierro o una madera. Solo sentía que le quitaba la respiración.

Afortunadamente, no le faltó el aire. Pese a la cantidad de cemento y tierra, sentía como corría el viento entre los escombros. Primero rescataron a la mujer que estaba cerca. No sabe si ella logró vivir. Las mujeres que estaban en los locales de delante de la casa, perdieron la vida.

Esas imágenes lo “bombardearon” cuando sintió nuevamente temblar a la tierra. Hoy, ya no tiene las piernas ni los brazos hinchados, solo usa una muleta y la rehabilitación le está permitiendo recuperar la movilidad en su pierna. Pero cicatrices en sus brazos, en el tronco, en el rostro, y sus ojos que tiemblan cuando habla sobre el día del terremoto son evidencia de los traumas que sufrió. Permaneció en terapia intensiva del hospital por seis días, luego fue pasado a una habitación y le dieron de alta el 29 de abril. Entonces llegó al albergue donde gracias a las donaciones no les falta la comida. Confiesa que cuando vio que las réplicas no paraban, pensó en meterse debajo de la cama, pero no lo hizo. “Aquí las casas son más seguras. Esto es antisísmico, ¿verdad?”, pregunta.

Olga de los Ángeles Morales, madre de Jairo, entra al refugio con una tina de ropa recién lavada. Ella tiene presión alta y diabetes. Además, desde el día del terremoto, sufre de los nervios. Olga, durante las réplicas de hoy, se quedó inmóvil. “Me temblaban las piernas, y me acordé del primer terremoto. Me quedé serena, rezando, y comencé a llorar”.

El día del terremoto, ella se estaba arreglando para ir a misa. Solo tenía puesto el sostén y el pantalón cuando empezó a moverse el suelo. Así salió a la calle. Durmió en la vereda, cubierta por una toalla. Las réplicas de hoy la hicieron sudar y se puso pálida. Lo primero que hizo fue pedirle a Dios que la proteja. Se quedó junto a su hijo y por segunda vez en su vida, pensó que quizás moriría. Los otros compañeros comenzaron a gritar. “Sentí que el terremoto me perseguía”, dice con desesperación.

Ambos están en el Comando Zonal Eugenio Espejo de la Policía Metropolitana. Jaime Urbina responsable de la coordinación del albergue, cuenta que la convivencia es buena. Pidieron a los refugiados que elijan a un líder para que se encargue de administrar las bodegas y repartir las raciones. Además, están organizados para cocinar, hacer la limpieza, etc.

Comen atún y sardina y están a la espera que si quieren visitarlos, les obsequien un pollo o huevos. El COE Metropolitano gestiona en los mercados para que donen frutas legumbres. Además reciben chequeos médicos por parte de la Secretaría de salud del Municipio. La segunda réplica de hoy los sorprendió mientras terminaban de pintar unas figuras y llaveros que van a vender los próximos días en una feria. Es su forma de mantenerse, de trabajar.

En la Delicia la réplica asustó

A Yimer Véliz, de 46 años, el primer movimiento lo tomó dormido y el segundo mientras estaba en el patio del albergue La Delicia. Él comparte este espacio junto con otras cinco personas que llegaron desde Pedernales. Él, su esposa, una hija de tres años y un niño de ocho. En el albergue conocieron a Carlos, quien perdió a su esposa en el terremoto. En el mismo lugar duerme también una persona que tiene un familiar en el hospital, por lo que su estadía es fluctuante.

Cuenta que desde las 03:00 no pudieron dormir y se concentraron en tranquilizar a los pequeños. No salieron a la calle, tan solo pidieron a Dios que los proteja. Él era pescador, pero el miedo lo obligó a renunciar a su tierra y quedarse en Quito.

Sabe de albañilería, pintura y cocina. Prepara cebiches, estofados, caldos, arroz... Pero está dispuesto a trabajar en cualquier oficio. Incluso trabajar cuidando baños, limpiando zapatos o en algún puesto vendiendo algún producto. Si alguien puede colaborar con ropa para ellos, puede acercase a la Bellavista, entre Real Audiencia y Galo Plaza. No es de muchas palabras, pero cuenta que volver a sentir temblarla tierra, hizo palpitar con más fuerza esos recuerdos que marcaron su vida y que espera junto con su familia, poder dejar atrás.

Edison Ordóñez, encargado del Comando Zonal, cuenta que el MIES está coordinando con el Registro Civil para que los cedulen y puedan encontrar trabajo con mayor facilidad. Hasta este momento han pasado por allí 38 refugiados.

En el Distrito hay además, 11 refugiados en Quitumbe y 16 en la zona Eloy Alfaro. En total son 39 personas acogidas en albergues municipales.

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