24 de January de 2010 00:00

Al señor fiscal general Washington Pesántez

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Gerardo Cilveti

Debo comunicarle que Ud. ha cometido un error gravísimo al afirmar de manera apresurada la inocencia de su esposa en lo sucedido el  jueves 14 de enero.
Los hechos fueron de la siguiente manera: su esposa estaba manejando su carro blanco a toda velocidad por la vía exclusiva del Trole.

Atropelló y mató a una joven de 26 años. Trató de huir cambiándose de carro a otro que iba en caravana. 

La multitud no lo permitió. Si no fuera por la Policía que la protegió, casi  linchan a su esposa.

Llegó una wincha y la gente indignada le desinfló sus llantas para evitar que se llevaran el carro accidentado. Al rato apareció otra más y la Policía permitió y ayudó a que se llevara la evidencia del accidente.

Los oficiales  reaccionaron contra la turba enardecida hasta con bombas de gas pimienta. Cuando intervino la Policía cambiaron las cosas hasta tal punto que dijeron que ella no iba manejando y un guardaespaldas se hizo pasar por chofer asumiendo  la culpa.

Doctor, parece que a Ud. no le contaron la verdad o le contaron una ‘versión diferente’ porque en las noticias  Ud. sale diciendo que “está muy apenado por lo que le sucedió a esa familia y va a proceder de una manera solidaria. Que los acompaña en su dolor, etc. Que se va a mantener al margen de la investigación del caso y que su esposa” y, esto es lo más grave e inaceptable, “no iba conduciendo sino ubicada en el asiento de atrás y  una vez ocurrido el accidente se bajó a pedir ayuda”. ¿A quién pidió ayuda? ¿A usted?, porque no se ha registrado ninguna llamada al 911.

Era mejor que usted se quedara callado en vez de mentir, o por lo menos, si quería salvar a su mujer, decir por ejemplo que la joven se arrojó a las ruedas o que cruzó intempestivamente por un lugar que no era el paso cebra. Esa afirmación es también una mentira, más difícil de refutar, pero por lo menos asumía la responsabilidad  con la disculpa de que fue un caso fortuito. Pero la solución rápida  de salir corriendo es la peor de todas.

Hasta aquí nomás hay unas cuantas contravenciones que voy a detallar:
1.   Esa vía no es para que su esposa la transite. Es para   la Ecovía, los carros oficiales, el Gobierno,  la Policía, la ambulancia y  los Bomberos;
2.   Tampoco se  permite ir con exceso de velocidad;
3.   Si comete un error, que en este caso le costó la vida a la joven, asuma la responsabilidad que le toca con valentía y no le ‘cargue el muerto’ a su empleado;
4.   La triple injusticia de: a) Segar la vida de una joven madre que deja un hijo en la orfandad. b) Meter preso a un inocente y c) Dejar libre al culpable;
5.   Lo peor de todo es que usted, Fiscal General de la Nación, asevere con tanta prisa la inocencia de su esposa mientras hubo testigos que al presenciar el hecho  se quedaron indignados después de oír sus declaraciones.
Me indigna porque todo ayuda a pensar en la trampa, en que aquí hay ‘gato encerrado’.
Personalmente me molesta darme cuenta del fraude, de  pensar en:
¿Cuánto le pagarán al guardaespaldas que se graduó tan rápido de chofer?
¿Lo cancelará con tarjeta de crédito o en efectivo?
¿Con qué plata?
¿De dónde van a salir esos dólares?
Al final, en jugada genial de ajedrez, ¿lo pagaremos todos?
¡Vamos a ver cuánto tiempo a la sombra le toca al pobre!
¿Será tan poderoso el Fiscal para sacarlo pronto?
¿Ya lo liberaron?
Hasta que pasó esto y usted dijo esas cosas, Doctor, usted me caía de maravilla.
Le cuento que ya no puedo defenderlo más como lo he venido haciendo.
Aristóteles dice: “La multitud obedece más a las necesidades que a la razón y al castigo más que al honor”.
Me decepciona en alto grado que usted Sr. Dr., que hasta la fecha era el hombre más probo del país, que su honradez era indiscutible, se haya comportado como ‘multitud’.
Se me ha caído a una velocidad mayor que la que iba el carro que conducía su esposa. Me ha dejado sin piso.
¿A quién hay que creer si el Fiscal no dice la verdad?
No había un correísta más convencido que yo hasta el momento en que lo vi diciendo mentiras por televisión. Lamentablemente voy a tener que rever mi posición.
Con estas cosas, cada vez menos tengo ganas de aplaudir.
Usted ha procedido como abogado, no como  fiscal.
Con las artimañas típicas de los abogados: “No vayas a decir tal cosa, o mejor haz énfasis en esta otra”.
Los abogados dicen una frase, que hasta hoy  parecía graciosa, pero después de lo vivido veo que es lo más vergonzosa: “Dos abogados, tres opiniones”.
Demuestra que un abogado, sabiendo la verdad, corrige, sin el menor remordimiento, lo que no le conviene y omite lo que hace peligrar su victoria.
Antes de entrar a la sala de la Corte de Justicia se untan con aceite y así, con las manos engrasadas, se les resbala la espada de la verdad.
¿A qué hora se extravió la decencia?
¿En qué curva se descarrió la moral?
 ¿A qué velocidad se les voló la venda que les cubría los ojos, requisito indispensable para juzgar con imparcialidad?
¿Y la balanza  dónde fue a parar?
Perdone, doctor,  pero no me puedo quedar callado ante la injusticia.
  Si esta carta llega a sus manos, mejor dicho, a sus oídos, y después me pasa algo, lo hago directamente responsable a usted por lo que me pase, porque los testigos en su contra ya han recibido amenazas.
Dios lo ayude a reflexionar.

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