18 de julio de 2017 00:00

USD 1 000 millones costará limpiar los ríos de Quito

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Evelyn Jácome
Redactora (I)
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Pasaron de ser ríos de agua cristalina donde los quiteños del siglo XVII se bañaban y lavaban su ropa, a ser corrientes negras y pestilentes. César Narváez, de la Facultad de Ingeniería Civil y Ambiental de la Politécnica Nacional, lo expresa claramente: los ríos de Quito están muertos.

Los asentamientos ilegales, la basura, los detergentes, las industrias y los escombros han hecho que biológicamente los ríos no tengan vida. Pero el mayor contaminante nace con el simple acto de jalar la palanca del inodoro, de ahí viene el 80% de la contaminación.

Verónica Arias, secretaria de Ambiente de la capital, indica que los ríos Monjas, Machángara y San Pedro exhiben concentraciones “fuera del rango aceptado para aceites, grasas e hidrocarburos totales. En esas aguas, la concentración de cianuro incumple la normativa para conservación de flora y fauna”.

Arias agrega que el río Monjas presenta las mayores concentraciones para detergentes y aluminio. Y junto al Machángara tienen las más altas concentraciones de materia orgánica debido a las descargas domésticas, además de contaminación de industrias, lavadoras de autos y gasolineras.
Si alguien se bañara en ellos podría adquirir enfermedades de piel, hepatitis o conjuntivitis, complementa Narváez.

Para Álex Naranjo, de Acción Ecológica, el problema es que las autoridades no le han dado la importancia a la contaminación de las aguas. Explica que es imposible saber el impacto de las aguas contaminadas de Quito en otras provincias porque para eso, cada ciudad debería hacer un análisis minucioso de sus aguas, y saber cuáles de esos contaminantes son propios y cuántos son arrastrados provincias arriba. Y eso, dice, no existe.

Lo que sí se sabe, manifiesta, es que el problema tiene una responsabilidad compartida no solo entre las distintas ciudad y provincias, sino entre los países. Hay una discusión pendiente, dice, no solo sobre cómo tratar las aguas residuales, sino sobre cómo reducir la contaminación en los ríos

Narváez considera que la gente no tiene conciencia del daño debido a que buena parte de los ríos cruzan la urbe embaulados, o por zonas poco visibles al fondo de quebradas.

Si el paisaje de la capital fuese distinto, asegura, la atención a las aguas residuales hubiese sido otra, como ocurrió en Cuenca, donde desde la ciudad se ven los afluentes. Allí, hace 18 años se buscó una solución y se planea construir una planta que costará USD 55 millones.

En Quito, la inversión es mucho mayor. Con casi 2,5 millones de habitantes, quintuplica en población a Cuenca y tiene mayor movimiento industrial.

El plan integral para aguas residuales de Quito requiere la construcción de 11 plantas. Una de ellas, la de Quitumbe, ya opera, y se proyectan nueve más en parroquias rurales, de pequeña capacidad, y una de gran volumen en Vindobona, en San Antonio de Pichincha.

Este plan costaría al menos USD 1 000 millones. El presupuesto anual para inversiones de agua de Quito es de 60 millones, según Xavier Vidal, subgerente de preinversiones de esa empresa. “Es la deuda pendiente que tenemos con la ciudad”, dice Vidal.

La primera planta de tratamiento de aguas residuales en esta ciudad se inauguró en febrero, en Quitumbe. Con una inversión de USD 13 millones, tiene una capacidad para tratar más de 110 litros por segundo, lo que equivale a las aguas servidas de 70 000 personas: el 2,8% de la población total.

Los desechos de barrios como Manuelita Sáenz, San Alfonso, Nuevos Horizontes, Los Cóndores, Los Arrayanes y Martha Bucaram son interceptados y tratados biológicamente en esta planta. El agua limpia va a la quebrada Shanshayacu. Con este proceso se benefician a 15 de los 3 000 barrios que hay en la capital.

En Quito una persona consume entre 200 a 210 litros al día, y cerca del 75% se desecha. Así, cada persona genera unos 180 litros de agua residual al día.

Vidal explica que el proyecto de Vindobona dará tratamiento a 7 500 litros por segundo, y costará USD 900 millones y estará en funcionamiento en 10 o 12 años. Sus diseños definitivos están listos. Al momento se busca financiamiento con alianza público-privada. Hay cinco empresas interesadas.El problema que se debe superar para construir estas plantas es su costo elevado. Además de la inversión, hay costos de operación y mantenimiento.

Normalmente, el tratamiento puede alcanzar el 80% del valor del servicio de agua potable. ¿Quién asume ese costo?
En otros países, quien paga ese rubro es el usuario. Marco Antonio Cevallos, gerente de Agua de Quito, explica que en el caso de la capital habría varias fuentes de pago.

Una de ellas es la hidroeléctrica Vindobona que va a generar 43 megavatios de energía. Además, un aporte del Gobierno central porque al descontaminar los ríos de Quito, dice, se ayuda a solucionar un problema de la región. Además, se podría pensar en un incremento en la tarifa del agua.

Según Vidal, hoy que el 99% de los quiteños tiene servicio de agua potable, la empresa le apuesta a las plantas de tratamiento. Para Hernán Orbea, urbanista, hay una relación entre la degradación ambiental y el valor del suelo. Los ríos se vuelven cloacas abiertas lo que hace que las viviendas en los alrededores pierdan valor.

Por eso, dice Orbea, las grandes ciudades invierten en el saneamiento, como en el río Sena de París. Allí, las riberas son los suelos más caro.

En contexto
La planta de tratamiento de aguas residuales de Quitumbe, ubicada entre las avenidas Huayanay Ñan y Rumichaca Ñan, recibe las descargas de barrios como Manuelita Sáenz, San Alfonso, Nuevos Horizontes, Los Cóndores y Los Arrayanes, entre otros.

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