5 de junio de 2016 00:00

El amor por sus hijos fue más fuerte que la adicción a la ‘H’

La sicóloga Mayra Garcés atiende a Sara en una de las últimas citas antes del parto. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

La sicóloga Mayra Garcés atiende a Sara en una de las últimas citas antes del parto. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

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Elena Paucar

Su sonrisa inocente se esconde tras las rejas de una casa garabateada por grafitis. Corrió descalzo y en pañales en cuanto oyó la voz de su madre.

Tiene 1 año y 7 meses, el mismo tiempo que Jessenia (nombre protegido), se alejó de la 'H'. “Consumía en el embarazo, no porque me gustaba. No podía dejarla, era más fuerte que yo”.

La adicción la acorraló a los 15 años, cuando probó por curiosidad el polvo plomizo que unos amigos del colegio le ofrecieron. Después de eso todo cambió: dejó los estudios, abandonó su casa, buscaba una salida pero no tuvo éxito. “Reaccioné cuando lo tuve a mis brazos. Pensé en todo el daño que le hice y lloraba”.

La droga afectó su placenta y bloqueó los dolores del parto. La joven trigueña, de cabello rojizo y que hoy tiene 20 años, estuvo tres días hospitalizada en la maternidad Mariana de Jesús, del Ministerio de Salud.

Allí, solo en 2015 detectaron 48 casos sospechosos de madres en estado de gestación que tenían problemas con la drogas. Katiusca Hernández es la directora del hospital y explica que 22 bebés padecieron las secuelas del síndrome de abstinencia neonatal. “Este es un problema de salud no solo de este hospital, sino de la Costa y del país”, dice.

El hijo de Jessenia nació por cesárea, a los ocho meses. “Era delgadito y no lloraba; pensé que tendría abstinencia, pero gracias a Dios está sano”.

Es robusto y fuerte, también travieso y a veces se irrita. Eso inquieta a su abuela. “No habla con claridad. Cuando pide las cosas grita y es bastante hiperactivo. No sabemos por qué”.

Las consecuencias del consumo de estupefacientes pueden presentarse cuando el bebé esté en gestación e incluso en la infancia, como explica la neonatóloga Luisa Franco. Entre los probables riesgos menciona el retraso del crecimiento intrauterino, posibles malformaciones y cardiopatías, hasta problemas en el desarrollo psicomotor.

Jessenia no descuida las citas pediátricas del niño. Tampoco sus consultas sicológicas en la Mariana de Jesús, cada 15 días.
Ahora busca un empleo y quiere culminar el bachillerato. “He visto chicas que andan en las calles con sus bebés, buscando droga. Yo no quiero darle un mal ejemplo, no quería que me viera consumiendo”.
Esa escena es común en el barrio del suroeste de Guayaquil donde vive. En cada esquina hay jóvenes demacrados y otros deambulan pálidos.

Sara (nombre protegido) vivía en ese sector cuando comenzó a consumir la 'H'. Tenía 15 años y llegó a convivir con un microtraficante para asegurar sus cinco dosis diarias.
Cuando decidió desintoxicarse se cambió al noroeste de la ciudad. Pero, inevitablemente, ese círculo de venta y consumo aún la persigue.

“Mire, ahí va uno”, dice la tía de Sara y señala a un hombre escuálido con una hoja de marihuana tatuada en el vientre. “Por aquí encadenan a los chicos para curarlos”, cuenta.

Estas historias son cercanas para la siquiatra Julieta Sagñay, quien asegura que muchas familias dejan pasar el tiempo antes de buscar ayuda profesional. “Viven en negación. Creen que con lágrimas y sueros recuperarán a sus hijos, pero se está encadenando un problema de salud pública. El país necesita, urgentemente, más centros de tratamiento”.

La recuperación de Sara fue dramática. Quedó inconsciente por días, no caminaba, babeaba, hasta usó pañales por la abstinencia. “Cuando decidí salir de las drogas supe que tenía cinco meses de embarazo. Pensaba que menstruaba, pero eran amenazas de aborto”.

Su extrema delgadez ocultó su barriga y ni siquiera sentía los movimientos del bebé. Ahora faltan tres semanas para que nazca su primogénito. “Patea mucho. Es un niño”.

La joven de 19 años, de ojos negros, acude a terapias en un centro de salud de Bastión Popular. A más de las charlas psicoeducativas, siguió un tratamiento de desintoxicación con antidepresivos, antiepilépticos y analgésicos.

Mayra Garcés es la sicóloga de 25 chicos -entre ellos Sara- y asisten a terapias contra las adicciones. Solo en Guayas,
13 674 adolescentes de entre 15 y 19 años recibieron terapias en el 2015 (ver cuadro). En este año conoció a otras tres adolescentes embarazadas que desertaron del programa. “Muchos consumen por curiosidad. Empiezan en los colegios, donde les regalan dosis hasta que se vuelven adictos. Y cuando quieren dejarla sufren psicosis, depresión, otros ni siquiera recuerdan su nombre”.

Sara es la presidenta de ese grupo de apoyo. Sus compañeros la eligieron por su liderazgo.

El jueves, mientras alistaba su baby shower, repasaba sus metas: conseguir empleo, estudiar Derecho y criar sola a su bebé -es hijo de quien era su expendedor, pero no se lo dirá-. “Sé que fallé, ahora quiero ser un ejemplo para él y mis hermanos. Salir de las drogas es posible, es solamente cuestión de tener voluntad”.

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