8 de febrero de 2015 16:46

El acuartelamiento, una historia que empieza entre lágrimas y emoción

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Redacción Seguridad (I)

Los jóvenes nacidos en 1996 ingresaron la mañana del sábado al cuartel militar de El Pintado (sur de Quito). En sus manos llevaron cajas de madera de todos los colores. En su interior con ayuda de elásticos se sujetaban accesorios de aseo personal como cepillo y pasta dental, shampoo, jabón y afeitadoras. Una toalla, dos camisetas, un pantalón calentador y dos pares de zapatillas son las prendas que completan el equipaje de los ahora nuevos conscriptos.

Una vez adentro de la unidad militar los chicos esperan en una fila para ingresar a los exámenes médicos. Luis Paredes es uno de ellos y dice que le gustaría ser parte de la filas militares. "Yo quiero ser militar, este es el primer paso pero lo voy a lograr porque quiero que mi familia esté orgullosa de mi". Los doctores del Ejército les piden quitarse la ropa. Les toman muestras de sangre y llenan las fichas con información de la estatura, peso, alergias, enfermedades y datos personales de los presentes.

Afuera de la unidad militar el ambiente es distinto, una intensa lluvia cubre los rostros de los familiares que esperan a los jóvenes. Un comerciante vende paraguas y ponchos de plásticos para los asistentes. Mientras que otro continúa gritando candados para las maletas o cucharas de metal para los acuartelados. En una esquina también se apilan las cajas de madera, según la comerciante es lo más importante que un conscripto debe llevar a los cuarteles. La gastronomía también hace parte del reclutamiento. Las madres a media mañana intentan pasar un plato de hornado a sus hijos que ya ingresaron. Chochos con tostado también es una opción. Sin embargo los militares que están en la puerta no dejan que nadie salga y tampoco que entren.

Ya es media mañana y los idóneos están bajo una tribuna a la espera de los buses que los llevaran a las unidades militares en donde vivirán por seis meses. Las horas pasan y siguen esperando. Muchos de los reclutados eligieron el lugar a donde querían ir. Francisco Almeida está en el grupo que viajarán a Manta. Pedro Caiza irá a Shushufindi, en la Amazonía. Machachi, Tulcán, Taisha y Montalvo también son otros puntos del servicio militar.

A las 12:30 llega el primer bus, en el parabrisas está una hoja que dice Manta, los jóvenes que van a ese lugar se levantan y suben de inmediato. Un sargento les grita que llenen todos los asientos desde atrás. Otro les aconseja que hagan amistad con el compañero. “Cuídense y métanle muchas ganas, todos se van y todos tienen que volver”, finaliza el militar.

Los chicos abren las ventanas para ver a sus familiares que siguen a su espera. En tanto, en los exteriores la gente empieza a repetir las frases: “ya salen los que se van a Manta”, “ya se van los primeros”. El bus empieza a salir, el tumulto de personas obliga a que los militares salgan y despejen el camino para el automotor. Sonia Fernández no soporta más, las lágrimas se hacen presentes, entre los pasajeros está su nieto. Con las manos se despide de él. Una niña que está sentada en los hombros de su padre grita “chao ñaño”. El chofer del bus consigue salir a la avenida Mariscal Sucre y acelera.

El llanto es incontenible en algunas señoras, los abrazos de otras sirven para calmar el momento. La gente está confundida, algunos no saben si en el bus iban sus hijos o continúan en el cuartel. Los vehículos continúan saliendo y la despedida es similar a la primera.

Uno de los últimos buses en salir lleva 12 personas. Ellos van a la unidad militar Rumiñahui en Machachi. Luego de casi 40 minutos los jóvenes llegan a su nueva casa. Allí los antiguos conscriptos de la leva 1995 los reciben con aplausos y banderas del Ecuador y del Ejército.

En el campo de marte están las autoridades. El coronel Carlos del Pozo, oficial de operaciones de la brigada 13 Pichincha es el encargado de recibir y darles la bienvenida. “Siéntanse en su casa jóvenes ecuatorianos”, se repite tres veces en el discurso que duró aproximadamente cinco minutos.

Son las 16:00 y los 12 chicos son dirigidos por un soldado a los dormitorios. Un edificio con 40 literas albergará a los nuevos conscriptos. El soldado les muestra las camas y las instalaciones de los baños y duchas. “Aquí la limpieza es lo primero, todo está pulcro y así debe mantenerse, ustedes se dan el trato señores”, sentencia.

Enseguida los más antiguos les cortan el cabello, uno de ellos afirma que no le llama la atención el no tener cabello porque ya lo ha experimentado. Luego del nuevo corte los jóvenes colocan sus maletas debajo de las literas. Uno de ellos dice que esa caja le regalo un tío que fue militar, “Él estuvo en la guerra del Cenepa y ahora que se enteró que iba hacer la conscripción me la regaló”.

A las 18:00 los voluntarios salieron a formar. En el patio son los únicos con ropa multicolor, el resto lleva el uniforme camuflaje. Ellos podrán vestirlo luego de pasar un periodo de ambientación de un mes. Los militares les entregarán las prendas verdes en una ceremonia con sus padres.

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