22 de abril de 2016 18:32

Pablo Córdova, el hombre que renació de los escombros: 'es un milagro' 

Pablo Córdova, carpintero portovejense que sobrevivió al terremoto en Manabí. Foto: Elena Paucar/ EL COMERCIO

Pablo Córdova, carpintero portovejense que sobrevivió al terremoto en Manabí. Foto: Elena Paucar/ EL COMERCIO

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Agencia AFP

"Es un milagro", dijo Pablo Córdova, el carpintero rescatado tras pasar 47 horas bajo los escombros de un hotel derruido por el sismo en Ecuador, bebiendo su propia orina y temiendo morir por las máquinas que removían escombros, cuando ya su mujer le buscaba ataúd.

Por un mensaje en el celular supo que saldría vivo de lo que quedaba del hotel El Gato, en Portoviejo, capital de la provincia de Manabí, una de las más afectadas por el terremoto de 7,8 grados de magnitud en la escala de Richter que el 16 de abril arrasó con la costa del Pacífico ecuatoriano.

"Apártate que vamos a perforar", leyó en la pantalla del teléfono, casi dos días después de haber quedado atrapado cuando el edificio de cinco pisos en la histórica calle Pedro Gual de Potoviejo se desplomó por el potente sismo que sacudió a Ecuador durante aproximadamente un minuto.

"Yo todavía lo tengo a ese mensaje", comentó mientras señalaba el aparato. "Yo tenía dos rayitas de carga de batería. Entonces yo no lo podía gastar. Yo tenía que decir hasta qué momento me podía llegar la señal y ver. Veía si no había señal, de inmediato lo apagaba", contó.

Córdova, de 52 años, trabajaba los fines de semana en el hotel. Estaba en el segundo piso cuando sintió "un remolino fuerte" que lo dejó "inconsciente". "Cuando desperté me encontré debajo de uno de los muebles de la recepción", relató, aún con la sensación de que hubiese caído "una bomba atómica".

Con cada movimiento sudaba. "Yo decía: 'Yo no puedo sudar, pierdo líquido. Aquí me deshidrato más rápido y muero más rápido deshidratado que por las piedras' ". Para sobrevivir, bebió su propia orina. "Me viraba y orinaba, cogía un poquito y me pasaba por los labios y me tomaba un poquito. Un poquito de eso tomaba y así pasé".

La fe y el yoga lo salvaron de no perder la calma. "Dios me va a ayudar", se repetía a sí mismo. Y trataba de aplicar las rutinas de respiración y meditación que había aprendido en un curso de yoga cuando tenía 17 años.

"'Tranquilízate, pero sí sales de aquí, me decía'", según narró, aún maravillado de estar otra vez con su familia.

"¡Estoy vivo, mija!"
Su desesperación se convirtió en esperanza cierta cuando por fin logró comunicarse con alguien. "A todas las personas que están en el directorio, a todas empecé a llamar. Nadie. Y me tocaba una persona, una señora que le estaba haciendo un trabajo en Esmeraldas. Llamé y el teléfono timbraba. Sí timbró. Le digo: "Señora Verónica, soy yo, Pablo", narró.

"Estoy atrapado entre los escombros del hotel. Por favor, haga algo para que me ayuden. Dígales que no muevan, que saquen esas máquinas, por favor, que me va a matar el removimiento de escombros. Eso es lo que me va a matar a mí", continuó.

"A mi esposa no le creían que yo estaba vivo. Los mismos rescatistas no estaban preparados para eso", afirmó. Pero finalmente sintió que lo llamaban por su nombre y vio que le llegaba el mensaje que aún conserva.

"Cuando llegaron ya me llené de emoción, de una alegría infinita. Ya no me importó sudar. Ahí sí comencé a moverme. Ya cuando hicieron la primera perforación yo les alumbré a los muchachos. "¡Aquí estoy!", dijo que les avisó.

"Hicieron un huequito más grandecito. A lo que uno me dio una botella con agua, yo me le prendí de la mano. Y comencé a llorar", agregó.

"Déjate de cosas, Pablo, aquí los que vamos a ayudar somos nosotros y no te puedes enfermar, tranquilízate", recordó que le dijeron los socorristas. "Me tomaron de mis brazos, de mis manos, de todas partes de mi cuerpo y me sacaron", señaló, conmovido.

Según Córdova, había ocho personas en el hotel cuando el terremoto, y solo tres sobrevivieron: él y dos colombianos. 
Sonia Zambrano, la esposa de Pablo, lo daba por muerto. "Todo era escombros, no podía haber un ser humano vivo ahí".

Angustiada, le pidió al jefe de su marido que le donara un ataúd,
"porque no tenía con qué enterrarlo, dónde meterlo para darle cristiana sepultura". Pero no tuvo que usarlo. "Me hizo dos llamadas. Una no le creía, pensé que era una broma, miré el teléfono, que no lo tenía registrado", contó esa mujer de 50 años, que tiene dos hijos con Pablo. "Volví a decir: '¿Qué?'. Y me dijo: '¡Estoy vivo, mija!¡Estoy vivo!". 

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