22 de December de 2009 00:00

250 pesebres a toda escala en la casa de María Proaño

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Redacción Quito
quito@elcomercio.com

En la vivienda de María Proaño, ubicada en el sector La Vicentina, en la calle Manuel Albán, se respira un ambiente navideño por todos los rincones.  En la sala de esta casa, en el primer piso, hay decoraciones de vistosos colores como el rojo, azul y blanco que matizan las figuras religiosas y las luces del nacimiento.

En el segundo piso, en cambio, Proaño conserva 250 pesebres de todo tamaño, color y forma. Las  figuras donde están José, María y el Niño Jesús son hechas de diversos materiales.
 
El gusto por coleccionar nacimientos lo heredó de su padre, Medardo Proaño. En la infancia de María, su padre  levantaba un pesebre grande que ocupaba un cuarto de su vivienda, en Riobamba. Hacía figuras llamativas que decoraban el pesebre.
Desde allí sintió  atracción por el espíritu navideño y empezó a guardar pesebres curiosos.  Por ejemplo, hay un nacimiento sostenido en paja toquilla. Las tres figuras religiosas tienen detalles especiales como mantos amarillos y paja . Estas fueron trabajadas en cáscaras de naranja. Es ecológico porque utiliza semilla de eucalipto y cabuyas en las alegorías que matizan el cuadro.

El pesebre es llamativo por su forma y la textura de los materiales con los que están hechos.  Luce fino y delicado. Pero el que más atrae la atención, por su escala, es un pesebre diseñado en la cáscara de un huevo de codorniz.

Proaño dice que su gusto por la colección empezó hace tiempo. “Los pesebres que más me gustan son los pequeñitos. Me fascinan. Llevo 10 años coleccionando. Muchos de los pesebres son comprados y regalados”.

Las miniaturas que representan el sentido de la Navidad aparentan tomar una  forma distinta  hasta en un fréjol, en las hojas de un choclo, en tagua, en figuras de chocolate...
 
Oswaldo Molina, cuñado de Proaño, explica que él fabricó un pesebre artesanal lo más pequeño que pudo para regalar a Proaño. Él y su esposa Martha Proaño conocen de la afición por los pesebres pequeños de María.

El gusto por coleccionar los nacimientos diminutos creció más  en la universidad. “Cuando María  pisó la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central, le atrajo el arte de dibujar en cualquier material las figuras navideñas”, manifiesta Molina.

A los 52 años ya empezó a sentir el gusto especial por ir juntando  los pesebres hechos en todo material. Ahora, a sus 62, la colección es numerosa.

Hay pesebres que han sido traídos de Alemania, Italia, Estados Unidos, Bolivia, México y hasta de la misma tierra donde nació Jesús. “Es una pasión por ese espíritu navideño de esta época. Yo he viajado a Belén, a conocer dónde nació Jesús”.

La llamativa colección se exhibe solo para conocidos y familiares de Proaño. Sin embargo, Verónica Echegaray fue una de las personas que le aconsejó abrir un minimuseo por los numerosos pesebres. Echegaray fabricó un nacimiento especial hecho en papel.
 
Pero los nacimientos son a varias escalas. El último  le llegó desde Estados Unidos y  lo instaló en las gradas. En el otro pesebre más grande, en la misma sala del segundo piso, están tres figuras que llevan decenas de años ocupando un espacio en el musgo.

Uno de los recuerdos más añorados por María es la Navidad de años atrás. Allí, dice, escribían cartas al “Niñito” y le pedía regalos por la época. Otra de las costumbres era ubicar zapatos viejos junto al árbol. “Ahí no se compraba juguetes en los centros comerciales de la ciudad “.

Esta Navidad, la agenda de la familia Proaño será distinta. Saldrán a recorrer la ciudad y a compartir la Nochebuena en familia.

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